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LA EDUCACION - COMO PROCESO DE ENSEÑANZA APRENDIZAJE

14/02/2008 GMT 1

SIMÓN BOLÍVAR

leidyserrano @ 20:03

BIOGRAFÍA DEL LIBERTADOR
SIMÓN BOLÍVAR
Venezuela, 1783-1830
Manuel Pérez Vila
Simón Bolívar
El Libertador
(Síntesis Biográfica)
Publicación de la Sociedad Bolivariana de Venezuela
Caracas, 1976
Año del Congreso Anfictiónico
Descendiente de una familia de origen vasco que se hallaba establecida en Venezuela desde fines del siglo XVI, y ocupaba en la Provincia una destacada posición económica y social, Simón Bolívar nació en la ciudad de Caracas el 24 de julio de 1783. Sus padres fueron el Coronel don Juan Vicente Bolívar y Ponte, y doña Concepción Palacios Blanco. Tenía tres hermanos mayores que él -María Antonia, Juana y Juan Vicente- y hubo otra niña, María del Carmen, que murió al nacer. Antes de cumplir tres años, Simón perdió a su padre, fallecido en enero de 1786. La educación de los niños corrió a cargo de la madre, mujer de fina sensibilidad, pero también capaz de administrar los cuantiosos bienes que poseía la familia. Además de la herencia paterna, Simón era titular de un rico mayorazgo, instituido para él en 1785 por el presbítero Juan Félix Jérez y Aristeguieta.
En su ciudad natal transcurrieron sus primeros años, con ocasionales viajes a las haciendas que la familia poseía en los Valles de Aragua. En 1792, falleció doña Concepción. María Antonia y Juana contrajeron matrimonio bien pronto, y los dos varones de la familia, Juan Vicente y Simón, siguieron viviendo con el abuelo materno, don Feliciano Palacios, tutor de ambos. La casona de la familia daba frente a la plazuela de San Jacinto, en pleno centro de la ciudad. Al morir el abuelo, Simón quedó al cuidado de su tío y tutor Carlos Palacios. En julio de 1795, cuando cumplía 12 años, sufrió una crisis muy propia de su primera adolescencia: huyó del lado de su tío, para acogerse a la casa de su hermana María Antonia y de su marido, hacia quienes sentía mayor afinidad afectiva. A consecuencia de estos hechos, que pronto se arreglaron favorablemente, Simón Bolívar pasó algunos meses como interno en la casa de don Simón Rodríguez (1771-1854) nacido también en Caracas, quien regentaba entonces la Escuela de primeras letras de la ciudad. Entre aquel genial pedagogo y reformador social, y el niño Simón Bolívar, se estableció pronto una corriente de mutua comprensión y simpatía, que duraría tanto como sus vidas. Rodríguez se marchó de Venezuela en 1797. Antes y después de ser alumno suyo, tuvo Bolívar otros maestros en Caracas, entre los cuales se cita a Carrasco y a Vides, quienes le dieron lecciones de escritura y de aritmética, a Fray Jesús Nazareno Zicardia, al Presbítero José Antonio Negrete, profesor de Historia y de Religión, y a Guillermo Pelgrón, preceptor de latinidad. Recibió también lecciones particulares de Historia y de Geografía que le dio don Andrés Bello (1781-1865) quien atesoraba ya en su juventud el caudal de conocimientos que habría de conducirlo con el tiempo a ser el primer humanista de América.
La vocación de Bolívar era el ejercicio de las armas. En enero de 1797, ingresó como cadete en el Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, del cual había sido Coronel años atrás su propio padre. No tenía aún 14 años cumplidos. En julio del año siguiente, cuando fue ascendido a Subteniente, se anotaba en su hoja de servicios: "Valor: conocido; aplicación: sobresaliente". El adiestramiento práctico en los deberes militares lo combinaba Bolívar con el aprendizaje teórico de materias consideradas entonces la base de la formación castrense: las matemáticas, el dibujo topográfico, la física, etc., que aprendió en la Academia establecida en la propia casa de Bolívar por el sabio Capuchino Fray Francisco de Andújar desde mediados de 1798, y a la cual asistían también varios amigos de Simón.
A comienzos de 1799, viajó a España. En Madrid, bajo la dirección de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y la rectoría moral e intelectual del sabio Marqués de Ustáriz, se entregó con pasión al estudio. Recibió allí la educación propia de un gentilhombre que se destinaba al mundo y al ejercicio de las armas: amplió sus conocimientos de historia, de literatura clásica y moderna, y de matemáticas, inició el estudio del francés, y aprendió también esgrima y el baile, haciendo en todos rápidos progresos. La frecuentación de tertulias y salones pulió su espíritu, enriqueció su idioma, y le dio mayor aplomo. En Madrid conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, de quien se enamoró. A fines de 1800 pensaba en constituir un hogar, asegurarse descendencia, y regresar a su país, para atender el fomento de sus propiedades. Hubo un compás de espera: en la primavera de 1801, viajó a Bilbao, donde permaneció casi todo el resto del año. Hizo luego un breve recorrido por Francia que le condujo hasta París y Amiens. En mayo de 1802, estaba de nuevo en Madrid, donde contrajo matrimonio, el día 26, con María Teresa. Los jóvenes esposos viajaron a Venezuela, adonde llegaron el 12 de julio; pero poco duró la felicidad de Simón. María Teresa murió en enero de 1803. El joven viudo regresó a Europa a fines de ese mismo año, pasó por Cádiz y Madrid, y se estableció en París desde la primavera de 1804.
En la capital del naciente Imperio francés, los placeres de una vida social mundana, y los estímulos de orden intelectual, comparten la atención de Bolívar, no menos que el espectáculo fascinante de una Europa en plena ebullición política. Frecuenta teatros, tertulias y salones, donde conoce a bellas mujeres, pero trata igualmente a sabios como Alejandro de Humboldt y Amado Bonpland, y asiste a las conferencias y a los cursos libres de estudios donde se divulgan los conocimientos y las teorías más recientes. En esta época de su vida, se entrega con pasión a la lectura. Se ha encontrado de nuevo con Simón Rodríguez, cuyo saber y cuya experiencia hacen de él un extraordinario compañero de conversaciones, lecturas y viajes. Van juntos a Italia, y cruzan a pie la Saboya. En Roma, un día de agosto de 1805, en el Monte Sacro, Bolívar jura en presencia de su maestro no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta que no haya logrado libertar al mundo Hispanoamericano de la tutela española. De nuevo se separan Bolívar y Rodríguez. El primero, regresa a París, en donde se afilia a una logia masónica. A fines de 1806, conocedor de los intentos realizados por el Precursor Miranda en Venezuela, Bolívar considera que ha llegado el momento de volver a su patria. Se embarca en un buque neutral que toca en Charleston en enero de 1807; recorre una parte de los Estados Unidos, y regresa a Venezuela a mediados del mismo año.
Vive ahora como un joven aristócrata, atento al fomento de sus haciendas, y en 1808 sostiene un sonado pleito con Antonio Nicolás Briceño por los linderos de una de ellas; pero piensa siempre en el porvenir del país. En las reuniones que él y su hermano Juan Vicente celebran con sus amigos en la quinta de recreo que poseen en Caracas a orillas del río Guaire, se habla de literatura, pero también se hacen planes para la Independencia de Venezuela.
Llega el 19 de abril de 1810. La junta establecida ese día nombra a Bolívar, en compañía de Luis López Méndez y de Andrés Bello, comisionado ante el Gobierno Británico. Cumplida su misión, Bolívar regresa de Londres a fines del mismo año. En Inglaterra ha visto el funcionamiento práctico de las instituciones. En el seno de la Sociedad Patriótica de Caracas, es uno de los más ardientes abogados de la Independencia, que el Congreso proclama el 5 de julio de 1811. Bolívar se incorpora al Ejército y con el grado de Coronel contribuye en 1811, bajo las órdenes de Miranda, al sometimiento de Valencia. En 1812, a pesar de sus esfuerzos, no logra evitar que la plaza de Puerto Cabello, de la cual era Comandante, caiga en poder de las fuerzas realistas por una traición. A mediados de 1812, el General Miranda capitula ante el jefe español Domingo de Monteverde. En el puerto de La Guaira, un grupo de oficiales jóvenes, entre los cuales figura Bolívar, deseosos de continuar la lucha, arrestan al infortunado Precursor. Pero todos los esfuerzos son inútiles. Bolívar logra salvarse gracias a la hidalguía de un amigo suyo, don Francisco Iturbe, quien obtiene un pasaporte para él. Se traslada a Curazao, y luego a Cartagena de Indias, donde redacta y publica su "Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño", uno de los escritos fundamentales, en el cual expone ya su credo político, así como los principios que habían de guiar su acción en los años futuros.
Comienzan entonces sus fulgurantes campañas militares, en las cuales alternarán victorias y reveses hasta 1818, y a partir del año siguiente predominarán los triunfos. A la cabeza de un pequeño ejército, limpia de enemigos las márgenes del río Magdalena, toma en febrero de 1813 la Villa de Cúcuta, e inicia en mayo la liberación de Venezuela. La serie de combates y de hábiles maniobras que en tres meses lo condujeron vencedor desde la frontera del Táchira hasta Caracas, a donde entró el 6 de agosto, merecen en verdad el nombre de Campaña Admirable con que se les conoce. A su paso por Trujillo, en junio, había dictado el Decreto de Guerra a Muerte, con el objeto de afirmar el incipiente sentimiento nacional de los venezolanos. Poco antes, a su paso por la ciudad de Mérida, los pueblos le habían aclamado Libertador, título que le confieren solemnemente en octubre de 1813 la Municipalidad y el pueblo de Caracas, y con el cual habrá de pasar a la historia.
El período que va de agosto de 1813 a julio de 1814, la Segunda República, es en verdad el Año Terrible de la Historia de Venezuela. La Guerra a Muerte hace furor, y los combates y batallas indecisos, afortunados o perdidos se suceden unos a otros con gran rapidez. A pesar de victorias como la de Araure, la de Bocachica, o la primera batalla de Carabobo, y de resistencias tan heroicas como la del campo atrincherado de San Mateo y de la ciudad de Valencia, tanto Bolívar como el General Santiago Mariño, (quien había libertado antes el Oriente del país), se ven obligados a ceder ante el número de los adversarios, cuyo principal caudillo es el realista José Tomás Boves. Este triunfa en la Batalla de La Puerta (junio de 1814), y los patriotas se ven en la necesidad de evacuar la ciudad de Caracas. Se produce una gran emigración hacia el Oriente del país. Allí, Bolívar y Mariño ven su autoridad desconocida por sus propios compañeros de armas. El Libertador halla de nuevo fraterno asilo en la Nueva Granada, donde interviene con varia suerte en las contiendas políticas internas y logra que la ciudad de Bogotá se incorpore a las Provincias Unidas. En mayo de 1815, hallándose frente a Cartagena, Bolívar abandona el mando para evitar el estallido de la guerra civil.
Asilado en Jamaica desde mayo hasta diciembre de 1815, aguarda impaciente el momento de intervenir de nuevo en la lucha. Mientras tanto medita acerca del destino de Hispanoamérica y redacta en septiembre la célebre Carta de Jamaica, donde abraza con penetrante comprensión y con visión profética el pasado, el presente y el porvenir del Continente.
Mientras que la derrota de Napoleón en Europa, y la llegada a Venezuela de un poderoso ejército español que manda el General Pablo Morillo, infunden nuevos ánimos a los partidarios de la causa realista, Bolívar, tras escapar en Kingston del puñal de un asesino a sueldo, se traslada a la República de Haití, en busca de recursos con que continuar la lucha. El Presidente de aquel Estado, Alejandro Petión, se los proporciona con magnanimidad. Pronto sale de Los Cayos una expedición al mando de Bolívar, que llega en mayo de 1816 a la isla de Margarita y pasa poco después al Continente. Carúpano es tomado por asalto, y de ahí da Bolívar, el 2 de junio, un decreto que concede la libertad a los esclavos. La expedición pasa luego al puerto de Ocumare de la Costa, en donde Bolívar se ve separado accidentalmente del grueso de sus fuerzas, y debe embarcarse de nuevo. Regresa a Haití, en donde organiza una segunda expedición que llega a la isla de Margarita a fines del año. A comienzos de 1817, Bolívar se halla en Barcelona. Su objetivo es apoderarse de la Provincia de Guayana, y hacer de ella la base para la liberación definitiva de Venezuela. En julio, la capital de aquella Provincia, Angostura (hoy Ciudad Bolívar), es tomada por los patriotas. Se organiza de nuevo el Estado. Bolívar crea el Consejo de Estado, el Consejo de Gobierno, el Consejo Superior de Guerra, la Alta Corte de Justicia, el Tribunal del Consulado, y se preocupa de establecer un periódico (que aparecerá en junio de 1818) el "Correo del Orinoco". Entre tanto, tiene que luchar no sólo contra los españoles sino también contra la anarquía que se había insinuado en su propio campo: en octubre de 1817, tras un juicio militar, el General Manuel Piar, uno de los principales jefes republicanos, es fusilado en Angostura. Hacia esos mismos días, el Libertador dicta la "Ley de Repartición de Bienes Nacionales", que habrá de contribuir a fortalecer el sentimiento patriótico.
En 1818, la campaña del Centro se inicia bajo favorables auspicios, pues el Libertador logra sorprender en la ciudad de Calabozo al General realista Morillo, pero los republicanos son derrotados en el sitio de Semén. Días después, en el Rincón de los Toros, Bolívar está a punto de morir a manos de una patrulla realista, en plena noche. El 5 de junio, está de nuevo en Angostura. Llegan entonces un Agente Diplomático de los Estados Unidos, y gran número de voluntarios europeos.
El Segundo Congreso de Venezuela, convocado por Bolívar, se reúne en Angostura el 15 de febrero de 1819. Ante él pronuncia un Discurso que es uno de los documentos fundamentales de su diario político. Le presenta, también, un proyecto de Constitución. Poco después, emprende la campaña que habrá de libertar a la Nueva Granada. El ejército tramonta los Andes por el inhóspito páramo de Pisba, y tras los cruentos combates, en julio de 1819, de Gámeza y del Pantano de Vargas, obtiene un triunfo decisivo en la batalla de Boyacá, el 7 de agosto. Días después, Bolívar entra en Boyacá. Dejando organizadas las provincias de la Nueva Granada bajo el mando del General Santander, el Libertador regresa a Angostura, donde el Congreso, a propuesta suya, expide la Ley Fundamental de la República de Colombia en diciembre de 1819. Este gran Estado, creación del Libertador, comprendía las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.
A estos acontecimientos que habían fortalecido la causa republicana, vino a sumarse la Revolución Liberal que estalló en España en enero de 1820. La situación ha cambiado. En todas partes los ejércitos de la República obtienen ventajas. Cartagena es sitiada. Mérida y Trujillo libertadas. El Nuevo Gobierno español intenta llegar a un acuerdo pacífico con los patriotas. Los comisionados de ambas partes firman en Trujillo, en noviembre de 1820, un Tratado de Armisticio y otro de Regularización de la Guerra. El Libertador y el General Morillo se entrevistan en el pueblo de Santa Ana. Algunos meses después, expirado el Armisticio, los ejércitos republicanos se ponen en marcha hacia Caracas. El 24 de junio de 1821, en la Sabana de Carabobo Bolívar da una batalla que decide definitivamente la independencia de Venezuela. Los restos del Ejército Realista se refugian en Puerto Cabello (que caerá en 1823). El Libertador entra triunfador en su ciudad natal en medio de la alegría de sus conciudadanos.
Vuelve ahora su mirada hacia el Ecuador, dominado todavía por los españoles. Por Maracaibo se dirige a Cúcuta, en donde se halla reunido el Congreso, y de allí a Bogotá. En 1822, dos ejércitos patriotas tratan de libertar a Quito: Bolívar conduce el del Norte, y el General Antonio José de Sucre el del Sur partiendo de Guayaquil. La acción de Bomboná, dada por Bolívar en abril, quebranta la resistencia de los pastusos, mientras que la batalla de Pichincha, ganada por Sucre el 24 de mayo, liberta definitivamente al Ecuador que queda integrado a la gran República de Colombia. En Quito, Bolívar conoce a Manuela Sáenz, el gran amor de los últimos años de su vida. El 11 de julio, Bolívar se halla en Guayaquil, en donde se embarca el día 25 el General José de San Martín, procedente del Perú. Allí abrazan y se entrevistan los dos ilustres capitanes de la Independencia Suramericana. Lo que conferenciaron en privado, consta en los documentos auténticos emanados de Bolívar y de su Secretaría General. El objetivo principal del General San Martín, que era negociar sobre el destino futuro de Guayaquil, no pudo realizarse, puesto que la Provincia se había incorporado ya a la República de la Gran Colombia.
A mediados de 1823, la situación político-militar del Perú se había deteriorado muchísimo. Llamado por el Congreso y por el pueblo de aquella Nación, el Libertador se embarcó en Guayaquil el 7 de agosto y llegó a comienzos de septiembre al Callao. La anarquía reinaba entre los patriotas. Bolívar, facultado únicamente para dirigir las operaciones militares, se dedicó con tesón a reorganizar el ejército, dándole como núcleo central los cuerpos que le habían acompañado desde Guayaquil. En enero de 1824, Bolívar se hallaba enfermo de cuidado en Pativilca, en la costa del Perú, donde recibió la noticia de que la guarnición del Callao se había pasado a los realistas. Ante tantas dificultades, su indomable espíritu se manifestó en su exclamación famosa "¡Triunfar!".
Lima cae en manos de los realistas, pero el Congreso del Perú, antes de disolverse, nombra a Bolívar Dictador -como en la antigua República Romana- con facultades ilimitadas para salvar al país. El acepta serenamente tan tremenda responsabilidad. Retirado a Trujillo, trabaja infatigablemente; su genio y su fe en el destino de América operan el milagro. Emprende la ofensiva, y el 6 de agosto de 1824, en Junín, derrota al Ejército Real del Perú. La campaña continúa, y mientras Bolívar entra en Lima y restablece el sitio del Callao, el General Sucre, en Ayacucho, pone el sello definitivo a la libertad americana el 9 de diciembre de 1824. Dos días antes, desde Lima, Bolívar había dirigido a los gobiernos de Hispanoamérica una invitación para enviar sus plenipotenciarios al Congreso que habría de reunirse en Panamá, el cual efectivamente se celebró en junio de 1826.
Ha terminado la fase militar de la Independencia. El 10 de febrero de 1825, ante el Congreso Peruano reunido en Lima, Bolívar renuncia los poderes ilimitados que le habían sido conferidos. Dos días más tarde aquel cuerpo decreta honores y recompensas al Ejército y al Libertador, pero éste no acepta el millón de pesos que se le ofrecían particularmente. Sale luego de la capital para visitar a Arequipa. El Cuzco y las provincias que entonces se llamaban del Alto Perú. Estas se constituyen en Nación, y lo hacen bajo la égida del héroe: "República de Bolívar", se llamó la que hoy conocemos con el nombre de Bolívia. Para el nuevo Estado, Bolívar redacta en 1826 un Proyecto de Constitución en el cual están expresadas sus ideas para la consolidación del orden y la independencia de los países recién emancipados.
Entretanto, una Revolución acaudillada por el General Páez -"La Cosiata"- ha estallado en Venezuela contra el Gobierno de Bogotá, en abril de 1826. Bolívar regresa a Caracas y logra establecer la paz a comienzos de 1827. Sin embargo, las fuerzas de disolución predominan sobre las tendencias aglutinadoras. Bolívar se distancia más y más, política y personalmente, del Vicepresidente Santander, hasta que sobreviene la ruptura total. El 4 de julio de 1827 Bolívar sale por última vez de Caracas, se embarca en La Guaira, y por vía de Cartagena llega a Bogotá. Allí, el 10 de septiembre, presta ante el Congreso juramento como presidente de la República.
La Convención Nacional reunida en Ocaña en 1828 se disuelve sin que los diversos partidos hayan logrado ponerse de acuerdo. Bolívar, aclamado Dictador, escapa en Bogotá, en septiembre de aquel año, a un atentado contra su vida; poco después, ha de ponerse en campaña para enfrentarse a las fuerzas del Perú que han penetrado en el Ecuador, en donde permanece durante casi todo el año de 1829. A pesar de estar enfermo y de sentirse cansado, lucha por salvar su obra. A comienzos de 1830 vuelve a Bogotá para instalar el Congreso Constituyente. Venezuela se agita de nuevo y se proclama Estado Independiente. En la Nueva Granada, la oposición crece y se fortalece. El Libertador, cada vez más enfermo, renuncia a la Presidencia y emprende viaje hacia la Costa. La noticia del asesinato de Sucre, que recibe en Cartagena, le afecta profundamente. Piensa marchar a Europa, pero la muerte le sorprende en San Pedro Alejandrino, una hacienda situada en las cercanías de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Días antes, el 10, tras recibir los auxilios espirituales de un sacerdote, había dirigido a sus compatriotas su última proclama, que es su testamento político. Sobresalió entre sus contemporáneos por sus talentos, su inteligencia, su voluntad y abnegación, cualidades que puso íntegramente al servicio de una grande y noble empresa: la de libertar y organizar por la vida civil a muchas naciones que hoy ven en él a un Padre. Sus restos mortales, traídos a Venezuela con gran pompa en 1842, reposan hoy en el Panteón Nacional de Caracas.
Manuel Pérez Vila
www.bolivar.ula.ve

ÚLTIMA PROCLAMA DEL LIBERTADOR
Simón Bolívar, 1783-1830
Santa Marta, 10 de diciembre de 1830
A los pueblos de Colombia
Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.
Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.
Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.
Hacienda de San Pedro, en Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830. 20°.
Simón Bolívar.
Cartagena 1830: Imprenta de Manuel M. Guerrero.
www.bolivar.ula.ve
Publicado originalmente en 1976

Testamento de su excelencia, Libertador de Colombia, Gral. Simón Bolívar Palacios
TESTAMENTO DEL LIBERTADOR

En nombre de Dios todo Poderoso, Amén. Yo, Simón Bolívar, Libertador de la República de Colombia, natural de la ciudad de Caracas en el Departamento de Venezuela, hijo legitimo de los señores Juan Vicente Bolívar y María Concepción Palacios, difuntos, vecinos que fueron de dicha ciudad, hallándome gravemente enfermo, pero en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural, creyendo y confesando como firmemente creo y confieso el alto y soberano misterio de la Beatísima y Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo tres personas distintas y un solo Dios verdadero: y en todos los demás misterios que cree, predica y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, bajo cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir hasta la muerte, como Católico fiel Cristiano, para estar prevenido cuando la mía me llegue con disposición testamental, bajo la invocación divina, hago, otorgo y ordeno mi Testamento en la forma siguiente:
1° Primeramente encomiendo mi Alma a Dios nuestro Señor que de la nada la crió, y el cuerpo a la tierra de que fue formado, dejando a disposición de mis albaceas el funeral y entierro, y el pago de las mandas que sean necesarias para obras pías, y estén prevenidas por el gobierno.
2° Declaro: fui casado legalmente con la Sra. Teresa Toro, difunta, en cuyo matrimonio no tuvimos hijo alguno.
3° Declaro: que cuando contrajimos matrimonio, mi referida esposa, no introdujo a él ningún dote, ni otros bienes, y yo introduje todo cuanto heredé de mis padres.
4° Declaro: que no poseo otros bienes más que las tierras y minas de Aroa, situadas en la provincia de Carabobo, y unas alhajas que constan en el inventario que debe hallarse entre mis papeles, las cuales existen en poder del Sr. Juan de Francisco Martín, vecino de Cartagena.
5° Declaro: que solamente soy deudor de cantidad de pesos a los señores Juan de Francisco Martín y Powles y Compañía, y prevengo a mis albaceas que estén y pasen por las cuentas que dichos Señores presenten y las satisfagan de mis bienes.
6° Es mi voluntad: que la medalla que me presentó el Congreso de Bolivia a nombre de aquel pueblo, se le devuelva como se lo ofrecí, en prueba del verdadero afecto, que aún en mis últimos momentos conservo a aquella República.
7° Es mi voluntad: que las dos obras que me regaló mi amigo el señor general Wilson, y que pertenecieron antes a la biblioteca de Napoleón tituladas "El Contrato Social" de Rousseau y "El Arte Militar" de Montecuculi, se entreguen a la Universidad de Caracas.
8° Es mi voluntad: que de mis bienes se le den a mi fiel mayordomo José Palacios la cantidad de ocho mil pesos, en remuneración a sus constantes servicios.
9° Ordeno: que los papeles que se hallan en poder del señor Pavageau, se quemen.
10° Es mi voluntad: que después de mi fallecimiento, mis restos sean depositados en la ciudad de Caracas, mi país natal.
11° Mando a mis albaceas que la espada que me regaló el Gran Mariscal de Ayacucho, se devuelva a su viuda para que la conserve, como una prueba del amor que siempre he profesado al expresado Gran Mariscal.
12° Mando a mis albaceas se den las gracias al señor general Roberto Wilson por el buen comportamiento de su hijo el Coronel Belford Wilson, que tan fielmente me ha acompañado hasta los últimos momentos de mi vida.
13° Para cumplir y pagar éste mi testamento y lo en él contenido, nombro por mis albaceas testamentarios, fideicomisarios, tenedores de bienes a los señores general Pedro Briceño Méndez, Juan de Francisco Martín, Dr. José Vargas, y el general Laurencio Silva, para que de mancomún et insolidum entre en ellos, los beneficien y vendan en almoneda o fuera de ella, aunque sea pasado el año fatal de albaceazgo pues yo les prorrogo el demás tiempo que necesiten, con libre, franca, y general administración.
14° Y cumplido y pagado este mi testamento y lo en el contenido instituyo y nombro por mis únicos y universales herederos en el remanente de todos mis bienes, deudas, derechos y acciones, futuras sucesiones en el que haya sucedido y suceder pudiere, a mis hermanas María Antonia y Juana Bolívar, y a los hijos de mi finado hermano Juan Vicente Bolívar, a saber, Juan, Felicia y Fernando Bolívar, con prevención de que mis bienes deberán dividirse en tres partes, las dos para mis dichas hermanas, y la otra parte para los referidos hijos de mi indicado hermano Juan Vicente, para que lo hayan, y disfruten con la bendición de Dios.
Yo revoco, anulo, y doy por de ningún valor ni efecto otros testamentos, codicilos, poderes y memorias que antes de este haya otorgado por escrito, de palabra o en otra forma para que no prueben ni hagan fe en juicio, ni fuera de él, salvo el presente que ahora otorgo como mi última y deliberada voluntad, o en aquella vía y forma que más halla lugar en derecho. En cuyo testimonio así lo otorgo en esta hacienda San Pedro Alejandrino de la comprensión de la ciudad de Santa Marta a diez de diciembre de mil ochocientos treinta.
Y S. E. el otorgante, a quien yo el infraescrito, Escribano Público del Número, certifico que conozco, y de que al parecer está en su entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural, así lo dijo, otorgó y firmó por ante mí en la casa de su habitación y en éste mi Registro Corriente de Contratos Públicos siendo testigos los señores general Mariano Montilla, general José María Carreño, coronel Belford Hinton Wilson, coronel José de la Cruz Paredes, coronel Joaquín de Mier, primer comandante Juan Glenn y el Dr. Manuel Pérez Recuero, presentes.
Santa Marta, 10 de diciembre de 1830
www.bolivar.ula.ve
2343.- BLANCO Y AZPURUA XIV, 463.
SIMON BOLIVAR.Ante mí
José Catalino Noguera, Escribano Público.
Es copia.-Cepeda, Secretario.
Es copia.-Cartagena, Enero 12 de 1831.
El Secretario de la Prefectura. Juan B. Calcaño.

José Martí, el Apóstol
Cuba 1853-1895
Abogado, escritor e independentista cubano de profundo humanismo y espiritualidad, ofreció su vida por la libertad de su Patria. El legado de su obra ha servido de cimiento de la Revolución Cubana y de las luchas independentistas en América.
- Biografía de José Martí
- Tres Héroes, 1889
- Nuestra América, 1891
- Más escritos...
Biografía de José Martí
Cuba, 1853-1895
José Julián Martí Pérez nació en La Habana, el 28 de enero de 1853, de padres españoles. De niño, estudia en el colegio San Anacleto, donde conoce a Fermín Valdés Domínguez, y en la Escuela Municipal de Varones de La Habana, dirigida por Rafael María Mendive.
Poco después del Grito de Yara, Martí comienza a publicar escritos alusivos a la lucha de los cubanos por su independencia. El 4 de marzo de 1870 es condenado por un Consejo de Guerra a seis años de prisión. Es llevado a realizar trabajos forzados en las canteras de La Habana. Poco después es indultado, por gestión de su padre, y trasladado a Isla de Pinos. Se le conmuta la pena por el destierro. El 15 de enero de 1871 parte con rumbo a Cádiz.
En Madrid publica su denuncia El presidio político en Cuba. Gestiona su matrícula en la Universidad de Madrid. En mayo de 1873 se traslada a la Universidad de Zaragoza y cursa el bachillerato paralelamente con sus estudios universitarios. El 27 de junio de 1874 recibe el título de bachiller.
El 24 de octubre se gradúa de Licenciado en Filosofía y Letras. Sale de España y visita otras ciudades de Europa. Llega a Inglaterra en enero de 1875 y parte con rumbo a México. El 8 de febrero desembarca en Veracruz y continúa su viaje hacia la capital del país. Conoce a Manuel Mercado, amigo de su padre. Publica en la Revista Universal y en El Federalista.
Parte de Veracruz con rumbo a La Habana a donde llega el 6 de enero de 1877. Regresa a México y viaja a Guatemala en marzo. En mayo conoce a María García Granados, "La niña de Guatemala". Es nombrado catedrático de la Escuela Normal Central de Guatemala. Se casa en México el 20 de diciembre con la camagüeyana Carmen Zayas Bazán.
Aprovechando la amnistía otorgada tras el pacto del Zanjón, viaja a La Habana el 27 de julio de 1878. El 22 de noviembre nace su hijo, José Francisco. Escribe a Máximo Gómez solicitándole datos para un libro. Trabaja de abogado y obtiene permiso para impartir clases. Es detenido el 17 de septiembre de 1879 y sale deportado hacia España acusado de conspiración.
El 3 de enero de 1880 llega a Nueva York donde es nombrado vocal del Comité Revolucionario Cubano de esa ciudad que preside Calixto García. Publica en The Hour y The Sun.
Viaja a Venezuela en enero de 1881. Publica en La Opinión Nacional. Edita la Revista Venezolana. Abandona el país el 28 de julio por problemas con el dictador de turno.Regresa a Nueva York donde publica, a principios de 1882, Ismaelillo. Colabora con La Nación de Buenos Aires. Intercambia correspondencia con Máximo Gómez y Antonio Maceo. Escribe varios de sus Versos libres, aunque no los publica.
En octubre de 1884 se entrevista con Maceo y Gómez. Poco después, escribe una carta a Gómez en la que anuncia su separación de los planes insurreccionales por considerarlos parciales y peligrosos para la conducción democrática y eficaz de la revolución.
Continúa publicando en La Nación y en El Partido Liberal de México fundamentalmente. Escribe acerca de los sucesos de mayo en Chicago. El 16 de abril de 1887 es promovido a Cónsul del Uruguay en Nueva York. Recibe la visita de su madre, Leonor Pérez.
De julio a octubre de 1889 edita los cuatro números de La Edad de Oro, revista mensual dirigida a los niños de América Latina. Al final del año publica una serie de crónicas acerca de la Conferencia Internacional Americana que se celebra en Washington.
El 24 de junio de 1890 es nombrado Cónsul de la Argentina; el 30, cónsul del Paraguay. En diciembre es nombrado presidente de la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York.
El 10 de enero de 1891 aparece en La Revista Ilustrada de Nueva York, su artículo Nuestra América. En marzo participa en el Congreso Monetario de Washington como representante de Uruguay. En octubre renuncia a todos sus cargos para dedicarse de lleno a la preparación de la guerra necesaria. Ese mismo mes publica sus Versos sencillos en Nueva York.
Durante 1892 prepara los estatutos del Partido Revolucionario Cubano y publica en Patria. Viaja entre Nueva York, Tampa, Cayo Hueso y Filadelfia organizando a los cubanos en el exilio. Viaja a Haití. El 11 de septiembre se entrevista con Máximo Gómez en Montecristi, República Dominicana. Viaja a Jamaica y se visita a Mariana Grajales y María Cabrales. Regresa a Nueva York.
Continúa con sus viajes en los primeros meses de 1893. El 3 de junio se entrevista nuevamente con Gómez, a quien se nombra general en jefe. Viaja a Costa Rica y visita a Antonio Maceo el 30 de junio. Maceo acepta participar en la insurrección. Regresa a Nueva York y continúa los preparativos de la guerra durante el resto de 1893 y todo 1894.
El 29 de enero de 1895 firma, con Enrique Collado y José María Rodríguez, la orden de alzamiento dirigida a Juan Gualberto Gómez. El 7 de febrero llega a Montecristi. El 25 de marzo firma con Gómez el Manifiesto de Montecristi, donde sienta las bases programaticas de la revolución.
El 11 de abril de 1895 desembarca con Máximo Gómez y otros cuatro patriotas en Playitas, provincia de Oriente. El 15 de abril recibe los grados de Mayor general del Ejército Libertador. El 18 de mayo de 1895 escribe a Manuel Mercado una carta que es considerada su testamento político.
Muere en combate en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895.
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Bibliografía:
José Martí, Obras Escogidas en Tres Tomos, Editora Política, La Habana, 1978.
…PatriaGrande.net

TRES HÉROES
José Martí, Cuba 1853-1895
La Edad de Oro, 1889
Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar, Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, pues todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él, porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació, los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir en honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas; el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso, la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como la llama y el elefante. En América se vivía antes de la libertad, como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, así como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido que le pesaba en el corazón y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles, lo habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.
Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres de gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español, en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.

México tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por muchos; media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo XVIII, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da la miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho, de cuando en cuando, los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con palos y flechas o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general y empezó un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó "El Despertador Americano". Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia y le dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.

San Martín fue el libertador del sur, el padre de la República Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del monte; al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco; parecía de acero; miraba como un águila; nadie lo desobedecía; su caballo iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América; ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber? Llegó a Buenos Aires; no dijo discursos; levantó un escuadrón de caballería; en San Lorenzo fue su primera batalla; sable en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela; Hidalgo estaba muerto; O' Higgins salió huyendo de Chile; pero donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. En diez y ocho días cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos. Iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos; abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de Chacabuco, lo derrota para siempre en la batalla de Maipú. Liberta a Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento al Perú.
Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta; pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron algunas veces lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo a su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son héroes, los que pelean por hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.

Nuestra América
José Martí, Cuba 1853-1895
México, 30 de enero de 1891
Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos; las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que los llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas de honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
* * *

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza el árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que nos nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan al Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Esos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos "increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución Francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
* * *
Ni, ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país, El espíritu del gobierno ha de ser del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte de gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yankees o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambajes; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas para acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestra república el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
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Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la vida salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la remetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores biblógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene el tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros —de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen— por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
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Pero "estos países se salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja, y se pone a la puerta del Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al rubio". Estos países se salvarán, porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos, el hombre real.
Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte América y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Eramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yankee, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan, "¿Cómo somos?", se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no va a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de ideas. Los gobernadores en las repúblicas de indios, aprenden indio.
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De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras, acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece, Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odios de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámpara, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía, de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

Bolívar
Discurso pronunciado en la velada de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 28 de octubre de 1893
José Martí, Cuba 1853-1895
Señoras, Señores:

Con la frente contrita de los americanos que no han podido entrar aún en América; con el sereno conocimiento del puesto y valer reales del gran caraqueño, en la obra espontánea y múltiple de la emancipación americana; con el asombro y reverencia de quien ve aún ante sí, demandándole la cuota, a aquel que fue como el samán de sus llanuras, en la pompa y generosidad, y como los ríos que caen atormentados de las cumbres, y como los peñascos que vienen ardiendo, con luz y fragor de las entrañas de las tierras, traigo el homenaje infeliz de mis palabras, menos profundo y elocuente que el de mi silencio, al que desclavó del Cuzco el gonfalón de Pizarro. Por sobre tachas y cargos, por sobre la pasión del elogio y la del denuesto, por sobre las flaquezas mismas, ápice negro en el plumón del cóndor, de aquel príncipe de la libertad, surge radioso el hombre verdadero. Quema y arroba. Pensar en él, asomarse a su vida, leerle una arenga, verlo deshecho y jadeante en una carta de amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento. Su ardor fue el de nuestra redención, su lenguaje fue el de nuestra naturaleza, su cúspide fue la de nuestro continente; su caída, para el corazón. Dícese Bolívar, y ya se ve delante el monte a que, más que la nieve, sirve el encapotado jinete de corona; ya el pantano en que se revuelven, con tres repúblicas en el morral, los libertadores que van a rematar la redención de un mundo. ¡Oh, no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en ella; ¡De Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies! Ni a la justa admiración ha de tenerse miedo, porque esté de moda continua en cierta especie de hombres el desamor de lo extraordinario; ni el deseo bajo del aplauso ha de ahogar con la palabra hinchada los decretos del juicio; ni hay palabra que diga el misterio y el fulgor de aquella frente cuando en el desastre de Casacoima, en la fiebre de su cuerpo y la soledad de los ejércitos huidos, vio claros, allá en la cresta de los Andes, los caminos por donde derramaría la libertad sobre las cuencas del Perú y Bolivia. Pero cuanto dijéramos, y aun lo excesivo, estaría bien en nuestros labios esta noche, porque cuantos nos reunimos hoy aquí somos hijos de su espada.
Ni la presencia de nuestras mujeres puede, por temor de parecerles enojoso, sofocar en los labios el tributo; porque ante las mujeres americanas se puede hablar sin miedo de la libertad. Mujer fue aquella hija de Juan de Mena, la brava paraguaya que, al saber que a su paisano Antequera lo ahorcaban por criollo, se quitó el luto del marido que vestía y se puso de gala, porque "es día de celebrar aquel en que un hombre bueno muere gloriosamente por su patria"; mujer fue la colombiana, de saya y cotón, que, antes que los comuneros, arrancó en el Socorro el edicto de impuestos insolentes que sacó a pelear a veinte mil hombres; mujer la de Arismendi, pura cual la mejor perla de la Margarita, que a quien la pasea presa por el terrado de donde la puede ver el esposo sitiador, dice, mientras el esposo riega de metralla la puerta del fuerte: "jamás lograréis de mí que le aconseje faltar a sus deberes"; mujer aquella soberana Pola, que armó a su novio para que fuese a pelear, y cayó en el patíbulo junto a él; mujer Mercedes Abrego, de trenzas hermosas, a quien cortaron la cabeza porque bordó, de su oro más fino, el uniforme del Libertador; mujeres las que el piadoso Bolívar llevaba a la grupa, compañeras indómitas de sus soldados, cuando a pechos juntos vadeaban los hombres el agua enfurecida por donde iba la redención a Boyacá, y de los montes andinos, siglos de la Naturaleza, bajaban torvos y despedazados los torrentes.

Hombre fue aquel en verdad extraordinario.
Vivió como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es como florón de fuego. Amigo, se le muere el hombre honrado a quien quería, y manda que todo cese a su alrededor. Enclenque, en lo que anda el posta más ligero, barre con un ejército naciente todo lo que hay de Tenerife, a Cúcuta. Pelea, y en lo más afligido del combate, cuando se le vuelven suplicantes todos los ojos, manda que le desensillen el caballo. Escribe, y es como cuando en lo alto de una cordillera se coge y cierra de súbito la tormenta, y es bruma y lobreguez el valle todo; y a tajos abre la luz celeste la cerrazón, y cuelgan de un lado y otro las nubes por los picos, mientras en lo hondo luce el valle freso con el primor de todos los colores. Como los montes era él ancho en la base, con las raíces en las del mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para penetrar mejor en el cielo rebelde. Se le ve golpeando, con el sable de puño de oro, en las puertas de la gloria. Cree en el Cielo, en los dioses, en los inmortales, en el dios de Colombia, en el genio de América y en su destino. Su gloria lo circunda, inflama y arrebata. Vencer, ¿no es el sello de la divinidad? ; ¿vencer a los hombres, a los ríos hinchados, a los volcanes, a los siglos, a la Naturaleza? Siglos, ¿cómo los desharía, si no pudiera hacerlos?; ¿no desata razas, no desencanta el Continente, no evoca pueblos, no ha recorrido con las banderas de la redención más mundo que ningún conquistador con las de la tiranía, no habla desde el Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en el Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de cóndores, una de las obras más bárbaras y tenaces de la historia humana?; no le acatan las ciudades, y los poderes de esta vida, y los émulos enamorados o sumisos, y los genios del orbe nuevo, y las hermosuras? Como el sol llega a creerse, por lo que deshiela y fecunda, y por lo que ilumina y abrasa. Hay senado en el Cielo, y él será, sin duda, de él. Ya ve el mundo allá arriba, áureo de sol cuajado, y los asientos de la roca de la creación, y el piso de las nubes, y el techo de centellas que le recuerdan, en el cruzarse y chispear, los reflejos del mediodía de Apure en los rejones de sus lanzas; y descienden a aquella altura, como dispensación paterna, la dicha y el orden sobre los humanos. Y no es así el mundo, sino suma de la divinidad que asciende ensangrentada y dolorosa del sacrificio y prueba de los hombres todos. Y muere él en Santa Marta del trastorno y horror de ver hecho pedazos aquel astro suyo que creyó inmortal, en su error de confundir la gloria de ser útil, que sin cesar le crece, y es divina de veras, y corona que nadie arranca de las sienes, con el mero accidente del poder humano, merced y encargo casi siempre impuro de los que sin mérito ni osadía lo anhelan para sí, o estéril triunfo de un bando sobre otro, o fiel inseguro de los intereses y pasiones, que sólo recae en el genio o la virtud en los instantes de suma angustia o pasajero pudor en que los pueblos, enternecidos por el peligro, aclaman la idea o desinterés por donde vislumbran su rescate. ¡Pero así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy; porque Bolívar tiene qué hacer en América todavía!

América hervía, a principios del siglo, y él fue como su horno. Aún cabecea y fermenta, como los gusanos bajo la costra de las viejas raíces, la América de entonces, larva enorme y confusa. Bajo las sotanas de los canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de Francia y de Norte América el libro revolucionario, a avivar el descontento del criollo de decoro y letras, mandado desde allende a horca y tributo; y esta revolución de lo alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática del español segundón y desheredado, iba a la par creciendo, con la cólera baja, la del gaucho y el roto y el cholo y el llanero, todos tocados en su punto de hombre; en el sordo oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban con el consuelo de la guerra por el bosque las majadas de indígenas, como fuegos errantes sobre una colosal sepultura. La independencia de América venía de un siglo atrás sangrando; ¡ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma! Así, en las noches aromosas de su jardín solariego de San Jacinto, o por las riberas de aquel pintado Anauco por donde guió tal vez los pies menudos de la esposa que se le murió en flor, vería Bolívar, con el puño al corazón, la procesión terrible de los precursores de la independencia de América: ¡van y vienen los muertos por el aire y no reposan hasta que no está su obra satisfecha! El vio, sin duda, en el crepúsculo del Ávila, el séquito cruento...

Pasa Antequera, el de Paraguay, el primero de todos, alzando de sobre su cuello rebanado la cabeza; la familia entera del pobre inca pasa, muerta a los ojos de su padre atado, y recogiendo los cuartos de su cuerpo; pasa Tupac Amaru; el rey de los mestizos de Venezuela viene luego, desvanecido por el aire, como un fantasma; dormido en su sangre va después Salinas, y Quiroga muerto sobre su plato de comer, y Morales como viva carnicería, porque en la cárcel de Quito amaban a su patria; sin casa a donde volver, porque se la regaron de sal; sigue León, moribundo en la cueva; en garfios van los miembros de José España, que murió sonriendo en la horca, y va humeando el tronco de Galán, quemado ante el patíbulo; y Berbeo pasa, más muerto que ninguno -aunque de miedo a sus comuneros lo dejó el verdugo vivo-, porque, para quien conoció la dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza patria; ¡y de esta alma india y mestiza y blanca, hecha una llama sola, se envolvió en ella el héroe, y en la constancia y la intrepidez de ella; en la hermandad de la aspiración común juntó, al calor de la gloria, los compuestos desemejantes; anuló o enfrenó émulos, pasó el páramo y revolvió montes, fue regando de repúblicas la artesa de los Andes, y cuando detuvo la carrera, porque la revolución argentina oponía su trama colectiva y democrática al ímpetu boliviano, catorce generales españoles, acurrucados en el cerro de Ayacucho, se desceñían la espada de España!
De las palmas de las costas, puestas allí como para entonar canto perenne al héroe, sube la tierra, por tramos de plata y oro, a las copiosas planicies que acuchilló de sangre la revolución americana; y el cielo ha visto pocas veces escenas más hermosas, porque jamás movió a tantos pechos la determinación de ser libres, ni tuvieron teatro de más natural grandeza, ni el alma del continente entró tan lleno en la de un hombre. El Cielo mismo parece haber sido actor, porque eran dignas de él, en aquellas batallas; ¡parece que los héroes todos de la libertad, y los mártires todos de toda la tierra, poblaban apiñados aquella bóveda hermosa, y cubrían, como gigante égida, el aprieto donde pujaban nuestras almas, o huían despavoridos por el Cielo injusto, cuando la pelea nos negaba su favor! El Cielo mismo debía, en verdad, detenerse a ver tanta hermosura: de las eternas nieves ruedan, desmontadas, las aguas portentosas; como menuda cabellera, o crespo vellón, visten las negras abras árboles seculares; las ruinas de los templos indios velan sobre el desierto de los lagos; por entre la bruma de los valles asoman las recias torres de la catedral española; los cráteres humean, y se ven las entrañas del Universo por la boca del volcán descabezado; ¡y a la vez, por los rincones todos de la tierra, los americanos están peleando por la libertad! Unos cabalgan por el llano y caen al choque enemigo como luces que se apagan, en el montón de sus monturas; otros, rienda al diente, nadan, con la banderola a flor de agua, por el río crecido; otros, como selva que echa a andar, vienen costilla a costilla, con las lanzas sobre las cabezas; otros trepan un volcán, y le clavan en el belfo encendido la bandera libertadora. Pero ninguno es más bello que un hombre de frente montuosa, de mirada que le ha comido el rostro, de capa que le aletea sobre el potro volador, de busto inmóvil en la lluvia del fuego o la tormenta, ¡de espada a cuya luz vencen cinco naciones! Enfrena su retinto, desmadejado el cabello en la tempestad del triunfo, y ve pasar, entre la muchedumbre que le ha ayudado a echar atrás la tiranía, el gorro frigio de Ribas, el caballo dócil de Sucre, la cabeza rizada de Piar, el dolmán rojo de Páez, el látigo desflecado de Córdoba, o el cadáver del coronel que sus soldados se llevan envuelto en la bandera. Yérguese en el estribo, suspenso como la Naturaleza, a ver a Páez en las Queseras dar las caras con su puñado de lanceros, y a vuelo de caballo, plegándose y abriéndose, acorralar en el polvo y la tiniebla al hormiguero enemigo. ¡Mira, húmedos los ojos, el ejército de gala, antes de la batalla de Carabobo, al aire colores y divisas, los pabellones viejos cerrados por un muro vivo, las músicas todas sueltas a la vez, el Sol en el acero alegre y en todo el campamento el júbilo misterioso de la casa en que va a nacer un hijo! ¡Y más bello que nunca fue en Junín, envuelto entre las sombras de la noche, mientras que en pálido silencio se astillan contra el brazo triunfante de América las últimas lanzas españolas!

...Y luego, poco tiempo después, desencajado, el pelo hundido por las sienes enjutas, la mano seca como echando atrás el mundo, el héroe dice en su cama de morir; " ¡José! ¡José! vámonos que de aquí nos echan; ¿a dónde iremos?" Su gobierno nada más se había venido abajo, pero él acaso creyó que lo que se derrumbaba era la república; acaso, como que de él se dejaron domar, mientras duró el encanto de la independencia, los recelos y personas locales, paró en desconocer, o dar por nulas o menores, estas fuerzas de realidad que reaparecerían después del triunfo; acaso, temeroso de que las aspiraciones rivales le decorasen los pueblos recién nacidos, buscó en la sujeción, odiosa al hombre, el equilibrio político, sólo constante cuando se fía a la expansión, infalible en un régimen de justicia y más firme cuando más desatada. Acaso, en su sueño de gloria, para la América y para sí, no vio que la unidad de espíritu, indispensable a la salvación y dicha de nuestros pueblos americanos, padecía, más que se ayudaba, con su unión en formas teóricas y artificiales que no se acomodaban sobre el seguro de la realidad; acaso el genio previsor que proclamó que la salvación de nuestra América está en la acción una y compacta de sus repúblicas, en cuanto a sus relaciones con el mundo y al sentido y conjunto de su porvenir, no pudo, por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma popular, de la pelea de todos en abierta lid, que salva, sin más ley que la libertad verdadera, a las repúblicas; erró acaso el padre angustiado en el instante supremo de los creadores políticos, cuando un deber les aconseja ceder a nuevo mando su creación, porque el título de usurpador no la desluzca o ponga en riesgo y otro deber, tal vez en el misterio de su idea creadora superior, los mueve a arrostrar por ella hasta la deshonra de ser tenidos por usurpadores.
¡Y eran las hijas de su corazón, aquellas que sin él se desangraban en lucha infausta y lenta, aquellas que por su magnanimidad y tesón vinieron a la vida, las que le tomaban de las manos, como que de ellas era la sangre y el porvenir, el poder de regirse conforme a sus pueblos y necesidades! ¡Y desaparecía la conjunción, más larga que la de los astros del Cielo, de América y Bolívar para la obra de la independencia, y se revelaba el desacuerdo patente entre Bolívar, empeñado en unir bajo un gobierno central y distante los países de la revolución, y la revolución americana, nacida, con múltiples cabezas, del ansia del gobierno local y con la gente de la casa propia! "¡José! ¡José! vámonos, que de aquí nos echan: ¿a dónde iremos?"...

¿A dónde irá Bolívar? ¡Al respeto del mundo y a la ternura de los americanos! ¡A esta casa amorosa, donde cada hombre le debe el goce ardiente de sentirse como en brazos de los suyos en los de todo hijo de América, y cada mujer recuerda enamorada a aquel que se apeó siempre del caballo de la gloria para agradecer una corona o una flor a la hermosura! ¡A la justicia de los pueblos, que por el error posible de las formas, impacientes o personales, sabrán ver el empuje que con ellas mismas, como de mano potente en lava blanda, dio Bolívar a las ideas madres de América! ¿A dónde irá Bolívar? ¡ Al brazo de los hombres, para que defiendan de la nueva codicia y del terco espíritu viejo la tierra donde será más dichosa y bella la humanidad! ¡A los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los hombres del rincón y de lo transitorio, a las panzas aldeanas y los cómodos harpagones, para que, a la hoguera que fue aquella existencia, vean la hermandad indispensable al continente, y los peligros y la grandeza del porvenir americano! ¿A dónde irá Bolívar?... Ya el último virrey de España yacía con cinco heridas, iban los tres siglos atados a la cola del caballo llanero, y con la casaca de la victoria y el elástico del lujo venía al paso el Libertador, entre el ejército, como de baile, y al balcón de los cerros asomado el gentío, y como flores en jarrón, saliéndose de las cuchillas de las lomas, los mazos de banderas. El Potosí aparece al fin, roído y ensangrentado; los cinco pabellones de los pueblos nuevos, con verdaderas llamas, flameaban en la cúspide de la América resucitada; estallan los morteros a anunciar al héroe, y sobre las cabezas, descubiertas de respeto y espanto, rodó por largo tiempo el estampido con que de cumbre en cumbre respondían, saludándolo, los montes. ¡Así, de hijo en hijo, mientras la América viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y honrado de nuestras entrañas!

BASES DEL PARTIDO REVOLUCIONARIO CUBANO
José Martí
La Habana, 1892

Artículo 1°- El Partido Revolucionario Cubano se constituye para lograr, con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.
Artículo 2°- El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto precipitar inconsiderablemente la guerra en Cuba, ni lanzar a toda costa al país a un movimiento mal dispuesto y discorde, sino ordenar, de acuerdo con cuantos elementos vivos y honrados se le unan, una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla.
Artículo 3°- El Partido Revolucionario Cubano reunirá los elementos de revolución hoy existentes y allegará sin compromisos inmorales con pueblo u hombre alguno, cuantos elementos nuevos pueda, a fin de fundar en Cuba por una guerra de espíritu y método republicanos, una nación capaz de asegurar la dicha durable de sus hijos y de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señala.
Artículo 4°- El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.
Artículo 5°- El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre.
Artículo 6°- El Partido Revolucionario Cubano se establece para fundar la patria una, cordial, y sagaz, que desde sus trabajos de preparación y en cada uno de ellos, vaya disponiéndose para salvarse de los peligros internos y externos que la amenacen, y sustituir al desorden económico en que agoniza un sistema de hacienda pública que abra al país inmediatamente a la actividad diversa de sus habitantes.
Artículo 7°- El Partido Revolucionario Cubano cuidará de no atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales.
Artículo 8°- El Partido Revolucionario Cubano tiene por propósitos concretos los siguientes:
I. - Unir en un esfuerzo continuo y común la acción de todos los cubanos residentes en el extranjero.
II. - Fomentar relaciones sinceras entre los factores históricos y políticos de dentro y fuera de la Isla que puedan contribuir al triunfo rápido de la guerra y a la mayor fuerza y eficacia de las instituciones que después de ellas se funden, y deben en germen en ella.
III. - Propagar en Cuba el conocimiento del espíritu y los métodos de la revolución, y congregar a los habitantes de la Isla en un ánimo favorable a su victoria, por medios que no pongan innecesariamente en riesgo las vidas cubanas.
IV. - Allegar fondos de acción para la realización de su programa, a la vez que abrir recursos contínuos y numerosos para la guerra.
V. - Establecer discretamente con los pueblos amigos relaciones que tiendan a acelerar, con la menor sangre y sacrificios posibles, el éxito de la guerra, y la fundación de la nueva República indispensable al equilibrio americano.
Artículo 9°- El Partido Revolucionario Cubano se regirá conforme a los estatutos secretos que acuerden las organizaciones que lo fundan.

LOS POBRES DE LA TIERRA
José Martí
www.exodo.org
24 de Octubre de 1894
Callados, amorosos, generosos, los obreros cubanos en el Norte, los héroes de la miseria, que fueron en la guerra de antes el sostén constante y fecundo, los mozos recién venidos del oprobio y de la aniquilación del país, trabajaron todo el día Diez de Octubre para la patria que acaso los más viejos de ellos no lleguen a ver libre; para la revolución cuyas glorias pudieran recaer, por la soberbia e injusticia del mundo, en hombres que olvidasen el derecho y el amor de los que les pusieron en las manos el arma del poder y de la gloria.-- ¡Ah, no! hermanos queridos. Esta vez no es así. Ni se ha adulado, suponiendo que la virtud es sólo de los pobres, y de los ricos nunca; ni se ha ofrecido sin derecho, en nombre de una república a quien nadie puede llevar moldes o frenos, el beneficio del país para una casta de cubanos, ricos soberbios o pobres codiciosos, sino la defensa ardiente, hasta la hora de morir, del derecho igual de todos los cubanos, ricos o pobres, a la opinión franca y al respeto pleno en los asuntos de su tierra: ni con otra moneda que con la del cariño sincero, y el amor armado en el decoro del hombre, y la viril fiereza de quien no se tiene por varón mientras haya en la tierra una criatura mermada o humillada, se compró esta vez esa fe tierna de los hombres del trabajo en la revolución que no los lisonjea, ni los olvida.
No se ha bajado a la tiniebla: ni se ha adulado, cobarde, en la hora de la necesidad, a los que, en la verdad del seco corazón, se desdeña y aleja, o se mira como poco mientras no se necesita su ayuda; ni han apretado manos en la sombra la demagogia y la venganza.

Para salvar a la patria de crímenes se ha madurado el alma pura de esta revolución: no para cometerlos. Pero el cubano obrero, dispuesto ya para la libertad por su fatiga de hombre acorralado, y por la idea creadora que en la vida real ha desenvuelto,-- en vez de desatarse en invectivas, al amparo del cadalso español, contra los que, de una vez por todas, quieren, con la unión de las fuerzas posibles, sacar del cadalso en que está al honor de Cuba, y del destierro en que en su propio pueblo viven, a los cubanos -- en vez de morder las manos de los libertadores, y besar las manos de los déspotas a quienes aborrecen,-- en vez de ayudar, en lengua escarmentada, al Gobierno que en sus mayores desarrollos jamás consentiría, por su naturaleza e incapacidad política, y por las necesidades de sus hijos sobrantes o viciosos, la plena vida americana indispensable a Cuba para que no se le antepongan y la reemplacen sus competidores libres, -- en vez de negarse a dar de sus manos el socorro que, en las vueltas de la preocupación, desconozca acaso mañana, en la hora del triunfo de la República, a los que para ponerle al hombro un arma más privaron a su casa, en un mes triste, del pan, o del vino pobre, o del abrigo de la criatura, o de la medicina,-- en vez de esto, decimos, el cubano obrero bajó la cabeza sobre el trabajo el día de los héroes, y en el tesoro de la justicia y del honor humano, echó con las manos fuertes su óbolo sin nombre.

¡Ah, hermanos! A otros podrá parecer que no hay sublime grandeza en este sacrificio, que cae sobre tantos otros. Que el rico dé de lo que le sobra, es justo, y bien poco es, y no hay que celebrarlo, o la celebración debe ser menor, por ser menor el esfuerzo. Pero que el que, a puro afán, tiene apenas blancas las paredes del destierro y cubiertos los pies de sus hijos, quite de su jornal inseguro, que sin anuncio suele fallarle por meses, el pan y la carne que lleva medidos a su casa infeliz, y dé de su extrema necesidad a una república invisible y tal vez ingrata, sin esperanza de pago o de gloria, es mérito muy puro, en que no puede pensarse sin que se llene de amor el corazón y la patria de orgullo.
Sépanlo al menos. No trabajan para traidores. Un pueblo está hecho de hombres que resisten, y hombres que empujan: del acomodo que acapara, y de la justicia que se rebela: de la soberbia que sujeta y deprime, y del decoro, que no priva al soberbio de su puesto, ni cede el suyo: de los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos: y el gobierno de un pueblo es el arte de ir encaminando sus realidades, bien sean rebeldías o preocupaciones, por la vía más breve posible, a la condición única de paz, que es aquella en que no hay un solo derecho mermado. En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano. Pero no será ésta, no, la revolución que se avergüence, -- como tanto hijo insolente se avergüenza de su padre humilde,-- de los que en la hora de la soledad fueron sus abnegados mantenedores. Bello es, aunque terrible, después de bárbara batalla, ver huir por el humo, a los ruidos deshechos de la derrota, el pabellón que simboliza el exterminio de una raza de hijos a manos de sus padres, y el robo al mundo de un pueblo que puede ser bello y feliz. No menos bello, ni de menos poder, el día Diez de Octubre, era ver trabajando sin paga a los cubanos obreros, todos a la misma hora, todos recién salidos de sus tristes hogares, por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos. Bello era ver, a una misma hora, tantos corazones altos, y tantas cabezas bajas.
¡Ah, los pobres de la tierra, ésos a quienes el elegante Ruskin llamaba "los más sagrados de entre nosotros"; ésos de quienes el rico colombiano Restrepo dijo que "en su seno sólo se encontraba la absoluta virtud"; ésos que jamás niegan su bolsa a la caridad, ni su sangre a la libertad! -- ¡Qué placer será,-- después de conquistada la patria al fuego de los pechos poderosos, y por sobre la barrera de los pechos enclenques,-- cuando todas las vanidades y ambiciones, servidas por la venganza y el interés, se junten y triunfen pasajeramente al menos, sobre los corazones equitativos y francos,-- entrarse, mano a mano, como único premio digno de la gran fatiga, por la casa pobre y por la escuela, regar el arte y la
esperanza por los rincones coléricos y desamparados, amar sin miedo la virtud aunque no tenga mantel para su mesa, levantar en los pechos hundidos toda el alma del hombre! ¡Qué placer será la muerte, libre de complicidad con las injusticias del mundo, en un pueblo de almas levantadas! -- Callados,'amorosos, generosos, los cubanos obreros trabajaron, todos a la vez, el Diez de Octubre, por una patria que no les será ingrata.
Patria, 24 de Octubre de 1894.

MANIFIESTO DE MONTECRISTI
José Martí
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25 de marzo de 1895
El Partido Revolucionario Cubano a Cuba La revolución de independencia, iniciada en Yara después de la preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo ; y los representantes electos de la revolución que hoy se confirma, reconocen y acatan su deber - sin usurpar el acento y las declaraciones sólo propias de ]a majestad de la república constituída - de repetir ante la patria que no se ha de ensangrentar sin razón ni sin justa esperanza de triunfo, los propósitos precisos, hijos dei juicio y ajenos de la venganza, con que se ha compuesto, y llegará a su victoria racional la guerra inextinguible que hoy lleva a los combates, en conmovedora y prudente democracia, los elementos todos de la sociedad de Cuba.
La guerra no es, en el concepto sereno de los que aún hoy la representan, y la revolución pública y responsable que los eligió, el insano triunfo de un partido cubano sobre otro, o la humillación siquiera de un grupo equivocado de cubanos; sino la demostración solemne de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse a la ligera en un conflicto sólo terminable por la victoria o el sepulcro, sin causas bastantes profundas para sobreponerse a las cobardías humanas y sus varios disfraces, y sin determinacién tan respetable por ir firmada por la muerte que debe imponer silencio a aquellos cubanos menos venturosos que no se sienten poseídos de igual fe en las capacidades de su pueblo ni de valor igual con que emanciparlo de su servidumbre.

La guerra no es la tentativa caprichosa de una independencia más temible que útil, que solo tendrían derecho a demorar o condenar los que mostrasen la virtud y el propósito de conducirla a otra más viable y segura, y que no debe en verdad apetecer un pueblo que no la pueda sustentar; sino el producto disciplinado de la reunión de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la congregación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla.

La guerra no es contra el español, que, en el seguro de sus hijos y en el acatamiento de la patria que se ganen podrá gozar respetado, y aun amado, de la libertad, que sólo arrollará a los que le salgan, imprevisores, al camino. Ni de desorden. ajeno a la moderación probada del espíritu de Cuba, será cuna la guerra ; ni de la tiranía. - Los que la fomentaron, y pueden aún llevar su voz, declaran en nombre de ella, ante la patria, su limpieza de todo odio, su indulgencia fraternal para con los cubanos tímidos equivocados, su radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república ; su certidumbre de la aptitud de la guerra para ordenarse de modo que contenga la redención que la inspira, la relación en que un pueblo debe vivir con los demás, y la realidad que la guerra es, - y su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete al español neutral y honrado, en la guerra, después de ella, y de ser piadosa en el arrepentimiento, e inflexible sólo con el vicio, el crimen y la inhumanidad. En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudieran embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos.

Entre Cuba en la guerra con. la plena seguridad, inaceptable sólo a los cubanos sedentarios y parciales, de la competencia de sus hijos para obtener el triunfo por la energía de la revolución pensadora y magnánima, y de la capacidad de los cubanos, cultivada en diez años primeros de fusión sublime, y en las prácticas modernas del gobierno y el trabajo, para salvar la patria desde su raíz de los desacomodo.; y tanteos, necesarios al principio del siglo, sin comunicaciones y sin preparación, en las repúblicas feudales y teóricas de Hispano-Amér'ica. Punible ignorancia o alevosía fuera desconocer las causas, a menudo gloriosas y ya generalmente redimidas, de los trastornos americanos, venidos del error de ajustar a moldes extranjeros, de dogma incierto o mera relación a su lugar de origen, la realidad ingenua de los países que conocían sólo de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear en ellas. La concentración de la cultura meramente literaria en las capitales, el erróneo apego de las repúblicas a las costumbres señoriales de la colonia ; la creación de caudillos rivales consiguiente al trato receloso e imperfecto de comarcas apartadas; la condición rudimentaria de la única industria, agrícola y ganadera ; y el abandono y desdén de la fecunda raza indígena en las disputas de credo o localidad que esas causas de los trastornos en los pueblos de América, no son, de ningún modo, los problemas de la sociedad cubana. Cuba vuelve a la guerra con un pueblo democrático y culto, conocedor celoso de su derecho y del ajeno; o de cultura mucho mayor, en lo más humilde de él, que las masas llaneras o indias con que, a la voz de los héroes primados de la emancipación, se mudaron de hatos en naciones las silenciosas colonias de América ; y en el crucero del mundo, al servicio de la guerra, y a la fundación de la nacionalidad le vienen a Cuba, del trabajo creador y conservador de los pueblos más hábiles del orbe, y del propio esfuerzo en la persecución y miseria del país, los hijos lúcidos, magnates o siervos, que de la época primera de acomodo, ya vencida entre los componentes hetercgéneos de la nación cubana, salieron a preparar, o en la misma isla continuaron preparando, con su propio perfeccionamiento, el de la nacionalidad a que concurren hoy con la firmeza de sus personalidades laboriosas, y el seguro de su educación republicana. El civismo de sus guerreros; el cultivo y benignidad de sus artesanos; el ernpleo real y moderno de un número vasto de sus inteligencias y riquezas : la peculiar moderación del campesino sazonado en el destierro y en la guerra ; el trato íntimo y diario, y rápida e inevitable unifonnación de las diversas secciones del país ; la administración recíproca de las virtudes iguales entre los cubanos que de las diferencias de la esclavitud pasaron a la hermandad del sacrificio; y la benevolencia y aptitud creciente del liberto superiores a los raros ejemplos de su desvío o encono, - -aseguran a Cuba, sin ilícita ilusión, un porvenir en que las condiciones de asiento, y del trabajo inmediato de un pueblo feraz en la república justa, excederán a las de disociación y parcialidad provenientes de la pereza o arrogancia que la guerra a veces cría, del rencor ofensivo de una minoría de amos caída de sus privilegios; de la censurable premura con que- una minoría aún invisible de. libertos descontentos pudiera aspirar, ron violación funesta del albedrío y naturaleza humanos, al respeto social que sola y seguramente habrá de venirles de la igualdad probada en las virtudes y talentos ; y de la súbita desposesión, en gran parte de los pobladores letrados de las ciudades, de la suntuosidad o abundancia relativa que hoy les viene de las gabelas inmorales y fáciles de la colonia, y de los oficios que habrán de desaparecer de la libertad. - - Un pueblo libre, en el trabajo abierto a todos, enclavado a las bocas del universo rico e industrial, sustituirá, sin obstáculo, y con ventaja, después de una guerra inspirada en la más pura abuegación, y manteniendo conforme a ella, a pueblo avergonzado donde el bienestar solo se obtiene a cambio de la complicidad expresa o tácita con la tiranía de los extranjeros menesterosos que lo desangran y corrompen. No dudan de Cuba, ni de sus aptitudes para obtener y gobernar su independencia los que en el heroísmo de la muerte y en el de la fundacién callada de la patria ven resplandecer de contínuo, en grandes y en pequeños, las dotes de concordia y sensatez sólo inadvertibles para los que, fuera del alma real de su país, lo juzgan con el arrogante concepto de sí propios, sin más poder de rebeldía y creación que el que asoma tímidamente en la servidumbre de sus quehaceres coloniales.
De otro temor quisiera acaso valerse hoy, so pretexto de prudencia, la cobardía; el temor insensato, y jamás en Cuba justificado, a la raza negra. La revolución, con su carga de mártires, y de guerreros subordinados y generosos, desmiente indignada, como desmiente la larga prueba de la emigración, y de la tregua en la isla, la tacha de amenaza de la raza negra con que se quisiese inicuamente levantar por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la revolución. Cubanos hay ya en Cuba de uno y otro color, olvidados para siempre, - con la guerra emancipadora y el trabajo donde unidos se gradúan - del odio,en que los pudo dividir la esclavitud. La novedad y aspereza de las relaciones sociales, consiguientes a la mudanza súbita del hombre ajeno en propio, son menores que la sincera estimación del cubano blanco por el alma igual, la afanosa cultura, el fervor del hombre libre, y el amable carácter de su compatriota negro. Y si a la raza le nacieran demagogos inmundos, o alma.; ávidas cuya impaciencia propia azuzase la de su color, o en quien se convirtiera en injusticia con los demás la piedad por los suyos, - con su agradecimiento y su cordura, y su amor a la patria, con su convicción de la necesidad de desautorizar por la prueba patente de la inteligencia y la virtud del cubano negro la opinión que aún reine de su incapacidad para ellas, y con la posesión de todo lo real del derecho humano, y el consuelo y la fuerza de la estimacién de cuanto en los cubanos blancos hay de justo y generoso, la misma raza extirparía en Cuba el peligro negro, sin que tuviese que alzarse a él una sola mano blanca. La revolución lo sabe, y lo proclama : la emigración lo proclama también. Allí no tiene el cubano negro escuelas de ira como no tuvo en la guerra una sola culpa de ensoberbecimiento indebido o de insubordinación. En sus hombres anduvo segura la república a que no atentó jamás. Sólo los que odian al negro ven en el negro odio; y los que con semejante miedo injusto traficasen, para sujetar, con inapetecible oficio, las manos que pudieran erguirse a expulsar de la tierra cubana al ocupante corruptor.

En los habitantes españoles de Cuba, en vez de la deshonrosa ira de la primera guerra, espera hallar la revolución, que ni lisonjea ni teme, tan afectuosa neutralidad o tan veraz ayuda, que por ellas vendrá a ser la guerra más breve, sus desastres menores, y más fácil y amiga la paz en que han de vivir juntos padres e hijos. Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero, y la amistad a la amistad. En el pecho antillano no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al espáñol a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombres la libertad que él mismo ansía. Más que saludarlo en la muerte, quisiera la revolución acogerlo en vida ; y la república será tranquilo hogar pará cuantos españoles de trabajo y honor gocen en ella de la libertad y bienes que han de hallar aún por largo tiempo en la lentitud, desidia y vicios políticos de la tierra propia. Este es el corazón de Cuba, y así será la guerra. ¿Qué enemigos espanoles tendrá verdaderamente la revolución'? ¿Será el ejército, republicano en mucha parte, que ha aprendido a respetar nuestro valor, como nosotros respetamos el suyo, y más sienten impulso a veces de unírsenos que de combatirnos? ¿Serán los quintos, educados ya en las ideas de humanidad, contrarias a derramar sangre de sus semejantes en provecho de un cetro inútil o una patria codiciosa, los quintos segados en la flor de su juventud para venir a defender, contra un pueblo que los acogiera alegres como ciudadanos libres, un trono mal sujeto. sobre la nación vendida por sus guías, con la complicidad de sus privilegios y sus logros? ?Será la masa, hoy humana y culta, de artesanos y dependientes, a quienes, so pretexto de patria, arrastró ayer a la ferocidad y al crimen del interés de los españoles acaudalados que hoy, con lo más de sus fortunas salvas en España, muestran menos celo que aquel con que ensangrentaron la tierra de su riqueza cuando los sorprendió en ella la guerra con toda su fortuna? ¿O serán los fundadores de familias y de industrias cubanas, fatigados ya del fraude de España y de su desgobierno, y como el cubano vejados y oprimidos, los que, ingratos e imprudentes, sin miramientos por la paz de sus casas y la conservación de una riqueza que el régimen de España amenaza más que la revolución, se revuelvan contra la tierra que de tristes rústicos los ha hecho esposos felices, y dueños de una prole capaz de morir sin odio por asegurar al paure sangriento de suelo libre al fin de la discordia permanente entre el criollo y el peninsular; donde la honrada fortuna puede mantenerse sin cohecho y desarrollo sin zozobra, y el hijo no vea entre el beso de sus labios y la mano de sus padres la sombra aborrecida del opresor ? ¿Que suerte elegirán los españoles : la guerra sin tregua, confesa o disimulada, que amenaza y perturba las relaciones siempre inquietas y violentas del país, o la paz definitiva, que jamás se conseguirá en Cuba sino con la independencia? ¿Enconarán y ensangrentarán los españoles arraigados en Cuba la guerra en que pueden quedar vencidos? ¿Ni con que derecho nos odiarán los españoles, si los cubanos no los odiamos? La revolución emplea sin miedo este lenguaje, porque el decreto de emancipar de una vez Cuba de la ineptitud y corrupción irremediable del gobierno de España, y abrirla franca para todos los hombres al mundo nuevo, es tan terminante como la voluntad de mirar como a cubanos, sin tibio corazón ni amargas memorias, a los españoles que por su pasión de libertad ayuden a conquistarla en Cuba, y a los que con su respeto a la guerra de hoy rescaten la sangre que en la de ayer manó a sus golpes del pecho de sus hijos.

En las formas en que se dé la revolución, conocedora de su desinterés, no hallará sin duda pretexto de reproche la vígilante cobardía, que en los errores formales del país naciente, o en su poca suma visible de república, pudiese procurar razón con que negarle la sangre que le adeuda. No tendrá el patriotismo puro causa de temor por la dignidad y suerte futura de la patria. - La dificultad de las guerras de independencia en América, y la de sus primeras nacionalidades, ha estado, más que en la discordia de sus héroes y en la emulación y recelo inherentes al hombre, en la falta oportuna de forma que a la vez contenga el espíritu de redención que, con apoyo de ímpetus menores, promueve y nutre la guerra, - y las prácticas necesarias a la guerra, y que ésta debe desembarazar y sostener. En la guerra inicial se ha de hallar el país maneras tales de gobierno que a un tiempo satisfagan la inteligencia madura y suspicaz de sus hijos cultos, y las condiciones requeridas para la ayuda y respeto de los demás pueblos -, y permitan, en vez de entrabar, el desarrollo pleno y término rápido de la guerra fatalmente necesaria a la felicidad pública. Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y de si propias nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía. - Sin. atentar, con desordenado concepto de su deber, al uso de las facultades íntegras de constitución, con que se ordenen y acomoden, en su responsabilidad peculiar ante el mundo contemporáneo, liberal e irnpaciente, los elementos expertos y novicios, por igual movidos de ímpetu ejecutivo y pureza ideal, que con nobleza idéntica, y el título inexpugnable de su sangre. se lanzan tras el alma y guía de los primeros héroes, a abrir a la humanidad una repúhlica trabajadora; sólo es lícito al Partido Revolucionario Cubano declarar su fe en que la revolución ha de hallar formas que le aseguren, en la unidad y vigor indispensables a una guerra culta, el entusiasmo de los cubanos, la confianza de los españoles y la amistad del mundo. Conocer y íijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que nacen de las ideas ; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un sólo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un sólo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjera y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de los resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en rescate y sostén de su dignidad : - ésos son los deberes, y los intentos, de la revoluciún. Ella se regirá de modo que la guerra, pujante y capaz, dé pronto casa firme a la nueva república.

La guerra sana y vigorosa desde el nacer con que hoy reanuda Cuba, con todas las ventajas de su experiencia, y la victoria asegurada a ]as determinaciones finales, el esfuerzo excelso, jamás recordado sin unión, de sus inmarcecibles héroes, no es solo hoy el piadoso anhelo de dar vida plena al pueblo que, bajo la inmortalidad y ocupación crecientes de un amo inepto, desmigaja o pierde su fuerza superior en la patria sofocada o en los destierros esparcidos. Ni es la guerra él insultante prurito de conquistar a Cuba con el sacrificio tentador, la independencia política, que sin derecho pediría a los cubanos su brazo si con ella no fuese la esperanza de crear una patria más a la libertad del pensamiento, la equidad de las costumbres y la paz del trabajo. La guerra de independencia de Cuba, nudo de haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos anos, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo. Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo. ¡ Apenas podría creerse que con semejantes mártires, y de tal porvenir, hubiera cubanos que atasen a Cuba a la monarquía podrida y aldeana de España. y a su miseria inerte y viciosa!

A la revolución cumplirá mañana el deber de explicar de nuevo al país y a las naciones las causas locales, y de idea e interés universal, con que para el adelanto y servicio de la humanidad reanuda el pueblo emancipador de Yara y Guáimaro una guerra digna del respeto de sus enemigos y e1 apoyo de los pueblos, por el rígido concepto del derecho del hombre, y su aborrecimiento de la venganza estéril y la devastación inútil. Hoy,. al proclamar desde el umbral de la tierra venerada el espíritu y doctrinas que produjeron y alientan la guerra entera y humanitaria en que se une aún más el pueblo de Cuba, invencible e indivisible, séanos lícito invocar, como guía y ayuda de nuestro pueblo, a!os magnánimos fundadores, cuya labor renueva el país agradecido, y al honor, que ha de impedir a los cubanos herir, de palabra o de obra, a lós que mueren por ellos. Y al declarar así, en nombre de la patria, y deponer ante ella y ante su libre facultad de constitución, la obra idéntica de dos generaciones, suscriben juntos la declaración por la res- ponsabilidad común de su representación, y en muestra de unidad y solidez de la revolución cubana, el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, creado para ordenar y auxiliar ]a guerra actual, y el General en Jefe electo en él por todos los miembros activos del Ejército Libertador.
Montecristi, 25 de Marzo de 1895.
José Martí M. Gómez.

LOS CAMINOS DE LA POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA
Robinson Salazar Pérez*
Textos
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30 de marzo del 2007
Resumen
Los procesos inacabados de las transiciones políticas en América Latina han dado por resultado una fragilidad institucional en todo la estructura societal, la cual ha sido minada por la actuación de los poderes de facto de las empresas transnacionales y los organismos internacionales que toman decisiones sin tener en cuenta las particularidades del cada país, provocando una grave crisis política que desdibuja las formas de representación y somete a un quiebre a los partidos políticos y demás expresiones orgánicas de la sociedad. Asimismo, se va produciendo un desbordamiento de la política hacia las calles, donde asume nuevas formas de expresión en las congregaciones asamblearia, foros, cabildos populares y asociaciones plebiscitarias que ponen en entredicho la democracia procedimental que prevalece en nuestros regímenes.
Introducción
El saldo de las transiciones en América Latina no es un resultado altamente provechoso para la consecución de la democracia, dado que el aliento que trajo todo el proceso transicional se fue opacando y diluyendo por las condiciones que se fueron forjando en cada país y región, que si bien es cierto produjo un discurso cargado de argumentos democratizadores y escenarios de libertad, los actores no se movieron en esa dirección, sino que tomaron otros caminos que fueron torciendo el objetivo que se pregonó.
Si partimos de los tres tipos de transiciones que se han convalidado entre los especialistas de la Ciencia Política, tenemos las fundacionales, las militares-cívico y de extensión 1 todas ellas dibujaron mapas para cada región y país enmarcados por la tipología enunciada; sin embargo, las condiciones socio-políticas fueron dando apertura a otras variables de tipo movimientista de diversos tipos, desde las más exigentes por refundar las instituciones hasta las cotidianas que demanda mayor ejercicio democrático y defensa de los derechos humanos, todas ellas fueron alterando el curso de las transiciones, caso específico en Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador y México; a su vez, surgieron resistencias a los cambios anunciados en el discurso transicional, los cuales fueron aflorando y consolidándose hasta convertirse en obstáculos que desviaron el recorrido de los procesos nuevos a institucionalizarse.
A lo anterior hay que agregarle el incipiente y débil entramado institucional creado en la postransición, donde estructuras, gobiernos y formas políticas tradicionales, viciadas por la corrupción, la impunidad y la componenda no han permitido funcionar los nuevos arreglos que se anunciaron en el sistema electoral; las reformas en la impartición de justicia y el sistema carcelario aun están pendientes, la economía no impacta en los ingresos de los más pobres y todo ello se debe a los enclaves institucionales y actorales prevaleciente, que aferrados al ayer mantienen prebendas y disfrute del modelo neoliberal , de ahí que los pilares del andamiaje institucional de la etapa postransicional se encuentren inviables para la política que hoy se practica. A este complejo mar de ingredientes políticos, se añade el rol que han venido desempeñando los organismos internacionales y las empresas transnacionales, cuya forma ortodoxa de desempeño no han coadyuvado favorablemente a consolidar la transición, sino más bien a provocar desarreglos en la urdimbre institucional.
Producto de estas trabas y convivencia de estructuras tradicionales, con todos sus vicios y entramado de relaciones de influencias, con los nacientes pilares institucionales, la comunicación entre Estado y sociedad se bloqueó. Las relaciones Estado y sociedad están obstruidas y distanciadas, la vida política no transita por los canales tradicionales (partidos políticos, sindicatos u otras formas de representación política); la política se decide en las calles, cada quien busca asumir la auto representación y ejercitar la democracia plebiscitaria, muchas veces tumultuarias y sin direccionalidad, lo que pone en entredicho la incipiente democracia procedimental. El agotamiento y descrédito de la clase política y sus partidos es materia de discusión y desencanto social en la que se suma muchas veces la acción directa, la violencia, el rechazo absoluto de grandes segmentos de la ciudadanía que ha preferido crear asambleas, radios comunitarias, cabildos radiales, juntas de vecinos, ollas populares, vigilancia comunitaria, etc., como una alternativa perentoria ante el vacío de las organizaciones que están llamadas a gestionar la mediación entre Estado y sociedad.
Existe un fuerte cuestionamiento a las relaciones del Estado con la sociedad y viceversa, provocada por un desencuentro de estas dos dimensiones de lo societal, cuyo desarreglo se debe, en parte, a que el ente político no provee supuestos para la subjetividad, tampoco predetermina comportamientos y no es el centro que configura el todo. Esas deficiencias exigen, con urgencia, un proyecto de reforma del Estado que tenga en cuenta el nuevo mapa social de la realidad, el mar de identidades y los reclamos de las ciudadanías emergentes, a fin de reposicionarse ante ella.
Por su parte, la sociedad debe asumir con mayor responsabilidad el proyecto democratizador y no esperar que renazca el estado sobre protector ni el nuevo Leviatán que re-conduzca a la política que oriente de nuevo las acciones colectivas; sino que debe asumirse como sujeto, reinventar la nueva política para que ésta resida en la sociedad y pueda ser ejercitada con sentido y contenido emancipatorio.
Visto así, lo que está en juego es, en el fondo, la recomposición de las relaciones entre Estado y sociedad, transitando por la reforma del Estado y el reposicionamiento de las comunidades, con el objetivo de que las formas clásicas de acoplarse sean remplazadas ya que los mecanismos que se utilizan para garantizar los aspectos relacionales no aseguran un vínculo estable.
Es aquí donde se exhibe el reto que pone en una encrucijada el futuro de la política y los partidos políticos. 2 Si las organizaciones partidistas asumen el compromiso de ver la función del representante político como el dotador de un lenguaje y una capacidad de movilización a esos sectores populares, la política no se desbordaría a las calles, pero si creen que la función del representante en una democracia tenga que ser pasiva, ciega, negociadora bajo un reloj cronometrado que prolonga el tiempo lineal, seguiremos observando lo que se ve a lo largo y ancho de América Latina, el desbordamiento de la política hacia las calles.
1. el por qué la Política está en la calle
Con el tiempo los espacios van adquiriendo importancia y transformando su significado; en este sentido las calles, como espacio público, también han mutado y redimensionado su significancia, donde la connotación de lo público representa lo universal, lo colectivo, razón por la cual es parte de la esfera pública y se ocupa por el momento de funciones importantes para el todo social ya que en ella residen hilos asociativos de encuentro, reencuentro, de confrontación y participación de la vida comunal.
También es en lo público donde se realizan los intercambio discursivo de posiciones razonables sobre los problemas de interés general, lo que permite estructurar una opinión pública, en tanto que, este espacio es un territorio simbólico que requiere de un vocabulario y valores comunes, así como el reconocimiento mutuo de las legitimidades; simboliza la realidad, las opiniones, los intereses, la ideología o la expresión contradictoria y dependerá de la racionalidad que cada quien le otorgue. 3
Es decir, la esfera pública es aquella que se adjudica el papel de soporte en una relación o encuentro que conlleva hacia la construcción de la identidad ciudadana; facilita la expresión comunitaria y le confiere un uso, de manera que propicia el surgimiento del sentido de apropiación de pertenencia. Se sostiene, que es el lugar donde convergen la cultura, la política, lo económico y el tejido social, así como la organización, reorganización y expansión de las comunidades de sentido.

La calle atraviesa la historia como ámbito privilegiado de la vida colectiva, ocupado por múltiples acontecimientos y por el desborde de las actividades del espacio privado en donde los peatones transitan la calle en diferentes actitudes.
En la calle predominan los vínculos no programados, es decir, los de la asociación espontánea, imprevistas y contingentes, por ello, comprender la vida callejera equivale a visualizar un abanico de actividades: la gente se encuentra y se agrupa, las viviendas y los comercios asoman su actividad, se alínean las filas del transporte colectivo, los niños juegan, los vehículos estacionan, vociferan los vendedores, las marchas de protestas y reclamos transcurren, las esquinas se llenan de propaganda política, se discute en las mesas de los cafés. Los sucesos se intercalan y se suceden unos a otros.
La acera es parte de la calle y se ha convertido en el lugar predominante para las actividades que facilitan el intercambio cultural. En donde algunos locales extienden sus servicios y dinamizan el espacio público ayudándolo a mantenerlo visibilizado, para que el peatón pueda apropiarse de él (4, ídem). Pero cuando el espacio no es lo suficientemente generoso para albergar esas posibilidades, aparece el conflicto.
Cuando la política desaloja al diálogo de su reciento, no funciona. Lo mismo acontece con el Estado si cierra las puertas para la conciliación y la comunicación con los diversos actores del mapa social, los distintos grupos de intereses lo descartan y deshabilitan como opción para la negociación, achatando el recurso dialógico en el quehacer político.

Si el diálogo es desechado como un valor para construir comunidad y consensos proclives a los acuerdos, aflora el lenguaje de la diatriba y la descalificación; asimismo, las instancias por donde debe transitar la política se opacan y crea un impasse que da pie para que se abra un espacio emergente que le de cabida a las acciones confrontativas: las calles.
En otro orden de ideas, el Estado y los gobiernos en su condición actual de inamovilidad y cumpliendo meramente su función administrativa distanciada de la gobernabilidad, no procesan las demandas ciudadanas, antes por el contrario, las desdeñan, hacen caso omiso de ellas y hasta las criminalizan o las envían al poder judicial, en donde se dilatan porque este poder se está saturando con tanta controversia y decisiones de cientos de problemas que son de naturaleza política y los tienen que doblegar a la naturaleza jurídica.

Muchas veces la decisión apegada a derecho desnaturaliza la demanda y otras veces llega a mutilar las aspiraciones y reclamos de algunos de los actores reclamantes y desata una ola de ingobernabilidad; a su vez, hay que reconocer que el poder judicial no posee los instrumentos jurídicos, la sapiencia ni la pericia para desembarazarse de toda la descarga que los dos poderes, Ejecutivo y Legislativo le arrojan.
Otra manifestación del por qué la política está en las calles, es la poca elasticidad del Estado para procesar demandas, su actitud refractaria ante el objeto reclamado incentiva la radicalización de las peticiones y éstas se nutren en el espacio vacío de las calles, donde el referente es nulo y la anarquía toma cuerpo en las movilizaciones. Es decir, se llega a un tipo de guerra de posición en donde los reclamos, por ser tan radicalizados, no pueden tener ningún tipo de satisfacción; las instituciones se declaran insolventes y se asiste a un escenario caótico, donde los saldos de los reclamos anteriores se suman a las demandas actuales. Ante este peligro, la verdadera política tiene que modificar la forma del Estado a través de la incorporación y satisfacción real de las demandas democráticas 5, de lo contrario el caos será la mejor expresión de estatus de la política.
Este apretado espectro describe la complejidad y el enmarañamiento que existe entre el Estado y la sociedad, cuyo resultado no es favorable para construir democracia; antes por el contrario, se está convirtiendo en un abrevadero de comportamientos políticos que no son distintos a los tradicionales liderazgos compulsivos, autoritarios, clientelares y corporativistas, sólo que esta vez bajo un ropaje híbrido, algunos con un discurso nacionalista reivindicativo, pero otros con un accionar dudoso que se deriva del destino que han tomado los movimientos populares bajo estos personajes de la política contemporánea latinoamericana.

La política, las calles y la multiplicidad de actores
Las calles, como concepto urbanístico, tienen un agregado valórico en estos años, y se convierten en el espacio público que se carga de sentido en la medida que los distintos y diversos actores políticos sitúan en ellas sus demandas para convocar, agregar y desarrollar nuevas acciones colectivas. En ese agregado no sólo concurren los actores vinculados directamente con la demanda, sino otros que ven el vínculo, la oportunidad y la necesidad de abrazar una acción que vaya marcando un arco convergente, de ahí que autoconvocados sean gran parte de los actores que ocupan los espacios públicos.

Autoconvocados son parte de una red emergente de asociatividad que en las calles se van agregando con su participación e interlocución, ingredientes que le dan forma al espacio público y lo convierten en espacio público estratégico. Se agregan cuando observan y se dan cuenta que la denuncia, el atropello, la negación de un derecho y/o violación de alguna garantía constitucional también le afecta, por lo que decide agregarse al contingente o a la voz plural reclamante.
La asignatura pendiente que tienen los partidos políticos para encaminar la política hacia los espacios públicos y desde ahí atender y debatir, conjuntamente con la sociedad, sobre los asuntos generales que le compete resolver, la están revalidando los actores populares, quienes se han encargado de realizar este trabajo pero bajo un paraguas distinto, lo que esta provocando una expansión horizontal de las demandas en donde la protesta se distribuye hacia muchos sectores nuevos de la sociedad.
La resonancia de las demandas y exigencias ciudadanas, en algunos casos, no tienen eco para ser articuladas en el sistema político por la verticalidad existente y el teflón que cubre al estado para blindarlo de insensibilidad. En otros campos de acción colectiva la situación es distinta, existe un intento para que la protesta social sea recibida en el ámbito de las instituciones del Estado, de modo que éstas pasen a ser atendidas de manera inmediata y alejarlas de la sensibilidad hacia la movilización, no obstante este curso normal es obstruido por la insolvencia del Estado y las pocas respuestas efectivas para satisfacer las demandas, cerrando toda posibilidad de arreglo y negociación y abriendo las calles para la movilización.
Entonces, los actores desatendidos se van a las calles y las disputan a otros actores y agentes económicos bajo la lógica de situar en ellas sus demandas. Situar la demanda en la calle no es una acción de denuncia o de simple revelación de que existen y demandan derechos, sino una acción comunicativa, que implica signos, simbología, interlocución y acción, donde lo que se quiere denunciar se expresa en diversas formas; abre muchas ventanas de interlocución, llama la atención del “otro”, agrega actores, incrementa el diálogo abierto de manera horizontal, construye discurso, problematiza y le da cuerpo a los movimientos.
Con estos elementos, la calle se carga, poco a poco, de significaciones que depositan los distintos actores que dan vida al movimiento popular. Lo importante de este espacio público estratégico es que no es estático, sino que puede situarse en una calle emblemática como en una plaza o punto de encuentro, caso Plaza de mayo en Buenos Aires, el Zócalo en México; también puede trasladarse a otra ciudad o sitio, porque es el sentido lo que le da el carácter de autoportable, como lo lleva a cabo el Ejercito Zapatista y la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y aun los Foros regionales; de ahí que “la calle” no sea una que tiene nombre, aunque en algunos países sí es así, pero la gran mayoría de las protestas y movilizaciones se dan en “las calles” y el sentido y conjunto de significaciones se la otorga el movimiento.
Visto así, la calle es un espacio en disputa, la pretenden los agentes económicos para extender el mercado hasta los espacios transitables, la utilizan los vehículos y los transeúntes para trasladarse de un lugar a otro, la saturan los medios publicitarios para vender a través de la imagen, es codiciada por el narcomenudeo, los buhoneros y la ocupan los movimientos populares para situar sus demandas y derechos, sin que deje de aparecer el factor represor de las fuerzas del estado para controlar y someter a los demandantes.
Bajo este cuadro, la calle es un espacio de disputa y quien logra dotarla de sentido y significado la puede utilizar como un espacio público estratégico para su accionar.
La calle ocupada por los movimientos populares es un dínamo que distribuye productos para la sociedad. Desde la revelación del sujeto sin derecho que se asoma y reclama hasta la rebeldía que esgrime cuando no son atendidas sus demandas. En una fuente de creación de referentes simbólicos que vincula el movimiento y la demanda con el trabajo, la cultura, la vida cotidiana, el saber y el modelo económico predominante, convirtiéndose en la síntesis que permite, desde un plano observacional, vincular una demanda con otros factores de opresión, exclusión y represión.

Entonces la calle no sólo es espacio público para situar la demanda, sino el espacio estratégico que sirve de instancia pedagógica para el aprendizaje de lo que acontece, para descubrir la lógica de los procesos y, ante todo, el lugar donde se re-crea la sociedad con las redes asociativas de interlocución.

Diálogo, consenso, disenso, discurso y representaciones simbólicas son los nutrientes que la calle está re-creado cuando es ocupada por sujetos que se revelan [como tales]; estos dispositivos que dan cuerpo al sujeto no son para tener una identidad, sino para proponer una acción que otros sujetos no revelados puedan desarrollar, de ahí que la calle sea eso, un espacio de aprendizaje y apropiación de identidad como actor político.

Ahora bien, la política en la calle puede ser peligrosa si compite con las instancias institucionales, llámense partidos políticos, sindicatos, parlamentos u ONG; ahí sí podemos preocuparnos por el riesgo que corre la democracia; pero si hay una inhabilitación de la estructura institucional, los partidos políticos aún no se deciden refundarse o reestructurarse, ni mucho menos tienen claro cómo representar a las ciudadanías emergentes con sus demandas, no queda otro recurso que la auto representación, no como un tipo ideal, sino como una acción contingente que debe asumirse mientras se dan los procesos de cambios y situacionales de los encargados de representar a la sociedad.
La auto representación no es un valor democrático, antes por el contrario, tiende a atomizar a la sociedad, volcando sobre ella una infinitud de comunidades de sentido. Lo preferible es que existan formas orgánicas que den cabida a la multidiversidad de actores y demandas, mientras ello se da, la sociedad debe ir resolviendo sus problemas y afrontando las adversidades, y lo está haciendo bajo los recursos que tiene a mano: la calle.

Hasta ahora, la política en la calle ha funcionado en parte, como lo hemos comentado, para revelar sujetos sin derechos, ligar demandas, vincular actores, construir arcos convergentes, alianzas de demandas, acciones colectivas contra malos gobernantes, fraudes electorales, robos contra la nación y algunos brotes de desobediencia civil al surgir una ley o decreto que atenta contra sus limitadas libertades. No está exenta de bloqueos, distorsiones y apropiaciones que de esa política hacen agentes políticos y militares para capitalizar la fuerza popular y conducirla hacia destinos inapropiados o fútiles para los demandantes.

Sin embargo, no todo está depositado en una bolsa sin fondo, hay logros, avances y reivindicaciones alcanzadas, una de ellas es que la política no ha cambiado de rumbo, sino de lugar, si bien no reposa en los partidos políticos, está en la calle agenciada por los actores populares; sigue siendo de naturaleza dialógica, las prácticas que se realizan en los espacios públicos estratégicos han derivado en expresiones asamblearias, cocinas populares, radios comunitarias y creaciones culturales que dan cuerpo, voz y discurso, pero ante todo, una amalgama de significados que se sitúan en el espacio público y lo hacen verdaderamente público, sacándolo del anonimato y colocándolo justo en medio de la opinión general; las experiencias de los Piqueteros en Argentina, Los Sin Tierra en Brasil, las organizaciones populares en Colombia y Perú, son expresiones empíricas de estas aseveraciones.
La opinión general o pública hace parlante a la calle, las asambleas, los foros, las expresiones simbólicas culturales y política, enlaza saberes y preocupaciones y potencia la movilización. La opinión pública que sale de los espacios públicos estratégicos es el vínculo necesario que pone el acento entre la vida cotidiana y la política, posibilitando que la política visite la casa, esté en la sala, se pasee por el comedor y comunique con el vecino, es ahí donde está el valor de la política en la calle.
Indudablemente, esta tarea no es desarrollada por un sujeto histórico, sino por una diversidad de actores que han decidido dar inicio a la construcción de una “ciudadanía emancipada”, la cual concebimos como el actor que se asume con derechos y capacidad para re-situarse en el espacio público, revelándose como sujeto desciudadanizado y exigiendo una ciudadanía con derechos, donde los derechos lo coloquen en posibilidad de ejercitar sus responsabilidades. Esta ciudadanía que busca construir, la erige con un distanciamiento del Estado y de los partidos políticos, dado que las veces que ha dejado en manos de estos dos pilares institucionales sus derechos, no ha crecido, antes por el contrario, su condición humana y política se han deteriorado.
Emancipada porque no está ligada a los dos referentes que le dieron vida política en décadas anteriores. Con respecto al Estado, en caso de seguir apegada a él, sería reproducir el Leviatán; con los partidos, no cabe la posibilidad porque están atrapados en la disyuntiva de cómo dotar de ciudadanía universal y específica a la vez, a la multidiversidad de actores, entre ellos indígenas, homosexuales, discapacitados, mujeres, jóvenes, minorías étnicas, jubilados, campesinos.

Ante esta complejidad, se asoma un nuevo tipo de ciudadanía emancipada, fuera de los tutelajes y con un perfil distinto.
Aun no está consolidada la ciudadanía emancipada, hay expresiones valiosas e importantes, una de ellas es la manera como van construyendo sus espacios autónomos estratégicos en su accionar movilizado, donde las asambleas, los talleres, foros y otras formas de asociatividad le dan un sello particular. Expliquemos algunos rasgos.
Los Espacios autónomos estratégicos (EAE): Asambleas, foros, cocinas y radios comunitarias
Los espacios autónomos estratégicos se caracterizan por ser un ámbito ampliado de la lucha popular en donde se re-crean formas de cooperación, participación plural y diversas actividades de los actores que lo protagonizan.

En él afloran y se ponen en práctica las experiencias organizativas que los distintos actores sacan de su “caja de herramientas” estructurada en los años de vida política; instrumentan algunas innovaciones y otras las aplazan para un mejor momento, todo mediante el diálogo que coloca a la política como eje articulador y orientador de las nuevas dinámicas comportamentales y la habilita como mecanismo constructor de consensos, acuerdos y respeto al disenso.
En el espacio autónomo estratégico se nota la experiencia y la capacidad organizativa que tiene el movimiento; asimismo convoca a la multiplicidad compleja de subjetividades, en el sentido político / cultural que le dan cuerpo y sentido a la lucha, sin dejar de lado los roces y desencuentros internos motivados por la naturaleza heterogénea de las organizaciones populares de hoy día; sin embargo, las singulares experiencias políticas, los trayectos que recorren los distintos razonamiento y cómo se procesa el conflicto entorno a ejes de la demanda, la permanencia de la organización y las alianzas estratégicas son ricas en debates y creaciones políticas.
En este sentido, es de formidable interés que reviste la construcción de estos espacios autónomos estratégicos, ya que de ellos se derivan un ramillete de acciones que pasan de los diálogos informales hasta los intercambios de experiencias y saberes a través de conferencias que tienen un formato distinto a las acostumbradas, puesto que se imparten en una presentación de relatos que parten de preguntas generales y específicas y ligadas al momento político que viven.

Este formato de conferencia es un intercambio de saberes que se ha erigido sobre experiencias concretas y adquiere una modalidad de relato político que siembra cultura política en el espacio autónomo estratégico.
En esa línea de acción y reproducción del espacio autónomo estratégico, se llevan a cabo, en los más consolidados, plenarios de las discusiones, talleres orientados a la discusión política sobre algunos ejes temáticos predeterminados, pretendiendo con ello sembrar y cultivar los nuevos valores de la cultura política y abrir el horizonte de la lucha.
Un espacio digno de ser analizado con detalle son las asambleas, cuyo funcionamiento es el principio de la construcción del EAE, en la medida que toma forma asamblearia el intercambio político, con la particularidad de que se desarrolla bajo un piso horizontal, sin mediación de líder alguno, con moderación informal que va ajustándose a un abanico de varios temas pero perfilándose, en cuanto progresa el intercambio de opiniones, en asuntos torales que van depurando el debate y centrando la construcción discursiva en lo que atañe a las tareas a cumplir en lo inmediato.
La dinámica asamblearia guarda varias aristas, desde la formadora de cultura política hasta la disciplina en la conducción de los temas debatidos; desde el respeto al otro hasta la tolerancia como virtud cívica; de su apertura educativa hasta la de congregar actores que construyen consenso. En fin, es un laboratorio que no queda en lo debatido en la reunión, sino que de esa experiencia de relación intersubjetiva pueden salir tareas, acciones y nuevas metas.
Un aspecto importante de estos espacios autónomos estratégicos es su valor simbólico-expresivo que abre las compuertas con doble vía, por un lado, dar a conocer lo que son y lo que representan en la lucha que encarnan; por otro, abren una avenida para que otros sujetos en la misma situación, intercambien, se sumen en arcos convergentes, se solidaricen y hagan causa común, lo cual indica que hay en ellos la vocación de construir domos convergentes para ampliar la lucha y llevarla a los linderos de la lucha de clases, que es un ámbito mas complejo y hasta ahora no muy discutido.
Otro lado de lo simbólico es la producción de mensajes, imágenes, signos y símbolos que dan una identidad a la lucha, no vinculada a los ejes mediáticos, ni similar a la campaña de los partidos políticos. Existe una creación colectiva depurada, simple, cargada de contenido y pedagógica de la lucha, la demanda y los sujetos que están tras de esa acción. Tiene significados múltiples, para mostrar la lucha, para ilustrar la movilización, para cargar de contenido la acción y, además, vinculante con otras demandas de actores cercanos.
Quizá no todos los movimientos populares tengan la misma forma y dimensiones de sus logros, algunos persisten y han dado frutos, tales como desplegar y ejercitar sus herramientas políticas, otros no han arribado a esa meta y se han quedado en el camino, quizás por haberse incorporado a la institucionalización del sistema como los sectores, no poco significativos, de piqueteros en Argentina como los denominados la Federación Tierra y Vivienda, el MTD Evita de Emilio Pérsico. Estas organizaciones, con su postura política proveyeron al presidente Kirchner de capital político, cosa que al asumir el aparato del Partido Justicialista no tenía; de igual manera se incorporó a las huestes oficiales el Movimiento Sin Techo de Paraguay y otros más que abandonan la lucha a cambio de canonjías.
No obstante, quedan otras organizaciones que pueden ser analizadas bajo el paraguas de los campos de la acción colectiva atravesadas por la política y el conflicto en toda América Latina, y encontramos muchos casos que ilustran lo que reseñamos.
Algunos movimientos Piqueteros en Argentina, espacios asamblearios de los cocaleros en Bolivia, gestión y desarrollo del Movimiento Sin Tierra de Paraguay, MST de Brasil y Bolivia, movimientos de vecinos y radios comunitarias en Perú y Venezuela, son avances significativos, incluso los espacios que se están restituyendo en Venezuela en los barrios son de alto contenido político que va más allá de las aspiraciones y de la elasticidad de los partidos políticos y del mismo gobierno.
La experiencia venezolana está invitando a la reflexión, muchos proyectos minúsculos se siembran con una vocación transformadora cuyo único límite es la burocracia gubernamental y los recursos; pero el capital político, la capacidad organizativa, las formas de deliberación, cómo colocan la demanda en el espacio público, cómo resuelven los disensos y remontan los obstáculos son aprendizajes propios de una ciudadanía emancipada de la tutela de los partidos políticos y del Estado, sin embargo, su tránsito por el sendero de la ciudadanía emancipatoria es largo y poco recorrido.
Emancipada por estar distante de los referentes tradicionales, de las prácticas políticas amañadas, corporativas, ligadas al fraude y la componenda. Emancipatoria cuando pase de espacios autónomos estratégicos de aprendizaje –EAEA– a tocar asuntos que tienen que ver con el poder, las clases sociales, las formas de producir distinto para alcanzar la equidad, la justicia social y el mundo alternativo.
Las iniciativas de emancipación devienen de los sectores populares y no de la izquierda tradicional, ese aspecto hay que valorarlo, sin embargo, ello tiene una explicación que vincula las transformaciones en las estructuras sociales con las de poder, las cuales han afectado, incluso, a la clase nacional dominante, donde el poder de facto ha construido nuevas formas de dominio y explotación desplazando a la burguesía desarrollista y sus sectores nacionalistas. También, se han desarticulado las relaciones socio-laborales, industriales y de negociación colectiva, al movimiento obrero se le ha pulverizado en la medida que sus organizaciones no guardan la misma vitalidad de los años anteriores, cancelando así una de las vertientes que alimentaban a los partidos de la izquierda tradicional.
Los movimientos sociales, que han abierto y activado sus cajas de herramientas movilizadoras e ideológicas, asumen un mayor rol frente a los partidos de la izquierda preocupados por mantener viva su militancia. Quieren y buscan hacer de la política un ejercicio cotidiano, una actividad propia de las masas que desean participar legal y legítimamente; pretenden que la política sea una práctica que vaya más allá de las contiendas electorales, que sea un accionar que esté presente en el entorno inmediato, útil para todos los diálogos y conflictos; posibilitadora de espacios de reflexión y potenciadora para ejercitar la democracia.
Lo importante en todo este debate que se abre en América Latina es no apresurar los pasos de los procesos políticos, ni tratar de nutrir las acciones colectivas con ingredientes de nuestra imaginación, porque no sería grato minimizar los logros en la inversión social, orgánica e ideológica que se viene haciendo desde los sectores populares. Intentar avizorar una toma del poder con gestión obrera en Bolivia, un asalto al Estado en Argentina, un ejército popular armado en Venezuela o una declaratoria de socialismo en América Latina es producto pletórico del deseo libertario, pero no es congruente con la realidad.
Lo que sí podría ayudar es alentar el debate en el interior de las organizaciones y en los foros alternativos sobre la necesidad de no perder de vista el poder, pieza de la política con un gran valor significativo que reclama el nuevo ejercicio político, sin él, las batallas son muchas pero sin visualizar al verdadero enemigo.

El enemigo y el poder está implícito en el ejercicio para confrontar a los poderes de facto de las empresas transnacionales y de los medios de comunicación; también en hacer alianzas estratégicas con el Estado para disminuir el peso de las empresas que lucran con los recursos estratégicos de los países de América latina y contrarrestar el modelo neoliberal es una estrategia de corto y mediano plazo en algunos países.
Antes de que se desarrolle la lucha por el poder emancipatorio, de construir los vínculos de los movimientos populares con las clases sociales y las nuevas estrategias de lucha, debemos identificar dónde se están localizados los laboratorios de acciones colectivas que construyen los nuevos espacios autónomos estratégicos a fin de detectar sus efectos multiplicadores en caso de coyunturas nacionales o regionales y desde ahí nutrir las luchas por el poder.

El inventario nos dirá cuánto hemos avanzado, qué nos falta recorrer y el quehacer; antes de un inventario, intentar un quehacer es inútil, porque no se sabe con qué se cuenta y la acción puede ser trunca.
Lo alcanzado hasta ahora es loable, el haber construido las bases de una ciudadanía emancipada, sin los nutrientes tradicionales de partidos políticos y del Estado es muy significativo; sin embargo, como proyecto inédito, lo que falta por recorrer es complejo, dado que el sendero de América Latina marca una búsqueda de la emancipación desde abajo y son singulares las características que le distinguen y totalmente distintas a los cánones del socialismo real que se derrumbó a finales del Siglo pasado.
En conclusión, hay apertura para nuevos sucesos y proyectos inéditos, hasta ahora nada está escrito, pero las calles, los movimientos populares, los actores emergentes, la construcción de nuevas subjetividades nos mandan la señal de que hay que re-pensar la realidad y por ende muchas teorías de las ciencias sociales. El desafío es mayúsculo y no podemos obviarlo.

4. Bibliografía y notas
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González, Ines, comp., 2003, Respuestas de la sociedad civil a la emergencia social, CEDES, Argentina.
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Lewkowicz Ignacio, 2004 Pensar sin Estado, la subjetividad en la era de la fluidez, Paidós, Argentina.
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Roitman Rosenmann, Marcos: “La izquierda y el poder político en América Latina (1970-2004)”, 6-6-2005, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=16114
Insumiso2000@yahoo.com.mx
* Sociólogo, doctorado en Ciencias Políticas y Sociales, autor de Lectura crítica del Plan Puebla Panamá, Democracias en riesgo en Latinoamérica, Comportamiento de la sociedad civil latinoamericana, Nuevas practicas políticas en Argentina, entre otros; autor de 40 artículos dictaminados y Director de la Red de Investigadores Latinoamericanos por la democracia y la Paz: www.insumisos.com
Correo electrónico. Insumiso2000@yahoo.com.
(Garretón, 2002)
(Garretón, 2004).
(Chávez,2007)
(Idem)
(Laclau, 2005).
PINOCHET VIVE
Helio Gallardo
ALAI, América Latina en Movimiento
12 de diciembre del 2006
Aunque explicable, es también grotesco alegrarse por la muerte del ex senador vitalicio y militar Augusto Pinochet. En la especie humana todavía la muerte biológica acontece a todos y a cada uno y por ello es dato generalizado y lugar común. Pero lo decisivo no es la trivial observación anterior, sino el hecho de que Pinochet vive entre los chilenos y también más acá. Pinochet personificó el inicio de los regímenes neoliberales (versión latinoamericana) de gobierno, y por ello la dictadura que condujo no fue puramente militar sino empresarial-militar y corporativo-militar. Pinochet vive en el ‘éxito’ de los empresarios, corporaciones y tecnócratas que, asentados en Chile, han hecho “clavos de oro” desde 1973 sobre la base de fragilizar y desagregar la fuerza de trabajo y consolidar el territorio para la depredación de las transnacionales. A esa tragedia humana, social y ecológica se le llama internacionalmente y con estupidez “crecimiento sostenido”.
Como detalle obsceno, Pinochet vive además en la institucionalidad chilena porque la Constitución de ese país (1980), hoy apenas limada en su articulado más soez (garantizar constitucionalmente los golpes de Estado militares, por ejemplo), se la redactó la extrema caverna católica y los gobiernos de la concertación, neoliberales y autoritarios, se sujetan a ella. Es este ethos jurídico el que facilita a las Fuerzas Armadas ‘chilenas’ rendirle tributo al cadáver del individuo que encabezó la impunidad de los asesinatos, la tortura y las desapariciones y, además, les concedió (y autoconcedió) un régimen económico y previsional de excepción. Los torturadores y asesinos gozan hoy en Chile de privilegios en su relamido e impune retiro anciano. Y su corporativo tributo al cadáver de Pinochet muestra a estos militares prologando su descaro e irredimibilidad.
Por supuesto, Pinochet vive especialmente en la sensibilidad de muerte que instaló en Chile, acompañado y aplaudido por empresarios, tecnócratas, jerarquía clerical, políticos, sectores medios frágiles y codiciosos, y cuyo horror-temor-impunidad fue factor decisivo para entorpecer su juicio en los tribunales no ya por su miseria moral y delitos de lesa humanidad sino por la rapacidad venal que lo hizo millonario junto a su familia. Esta sensibilidad de muerte destruyó el antiguo Chile y es parte constitutiva de los “buenos negocios” de sus actuales dueños que maltratan a la mayoría de su población, en especial a los jóvenes, y destruyen irreversiblemente su medio natural. Nada de esto desaparece con la muerte de Pinochet. Su ruindad se prolonga como muerte del pueblo chileno y depredación comercial de su Naturaleza. Los gobiernos civiles no hacen sino extender esta miseria humana y natural que el discurso oficial valora como “éxito”. No puede omitirse aquí que, sobre la base de la ignorancia o la mentira reiterada, o ambas, el Pinochet ‘cultural’ tenga admiradores incluso en Costa Rica. Jaime Gutiérrez Góngora, un profesional, viene pidiendo a gritos la “solución Pinochet” (masacre cruel e impune a los opositores) para que el TLC con Estados Unidos sea cimiento de la verdad, el bien y la belleza de los costarricenses ‘bien nacidos’ (LN: 27/11/06). Por supuesto, Gutiérrez publica sus extremos en La Nación S.A., versión local de la caverna chilena. Pero no está solo. Ante la cercanía de la aprobación de este TLC comienza a agitarse en los medios que el empresariado costarricense encuentra obstáculos competitivos en los ‘altos salarios’ de los trabajadores (una obrera local tiene ingresos “excesivos” de 240 dólares al mes, mientras que en Nicaragua ganaría 72 dólares. En El Salvador y Honduras alrededor de 150). Esta “pinochetada” continental se escuchará cada vez más en Costa Rica una vez que el TLC sea aprobado.
Para que Pinochet, no el individuo sino su ethos sociocultural neoligárquico, muera, en Chile y en todas partes, sería necesario que los opulentos (a quien nadie quiere perseguidos, torturados ni desaparecidos) decidieran redistribuir parte significativa de la riqueza que ingresan en beneficio de oportunidades para los más vulnerables de la población, en especial jóvenes, mujeres e indígenas, y que ello no fuese obstruido por idiotizadas y enardecidas capas medias como “comunismo”. También, que se reconstituyese las Fuerzas Armadas como aparato de servicio ciudadano y, donde y cuando se pueda, se las haga desaparecer. Debería imponerse a las transnacionales un código de comportamiento amable con la Naturaleza. Y que los tecnócratas privados y públicos trabajaran un día y medio a la semana la tierra y viajaran en buses colectivos. Curas y pastores podrían entrar en una dieta de agua bendita para eliminar su hipocresía y, después, salir del templo a acompañar y servir sin dogmas a la gente. Los sectores populares aprenderían a trabajar en cooperativas. Los políticos, a crecer desde su gente.
Lo anterior no es posible sin que los sociohistóricamente explotados, objetivados y humillados, se autotransfieran el poder y el prestigio que les permitan crear las instituciones y lógicas que vengarán y honrarán a sus muertos, torturados y desaparecidos y alimentarán en sus hijos la esperanza de un mundo distinto para todos. Así será legítimo hacer fiesta por la muerte efectiva de Pinochet. Esto quiere decir que los humildes y decentes tienen que organizarse políticamente para matarlo. A él, a su familia, a sus socios y amigos. El mundo sin Pinochet es necesario y posible.
http://alainet.org/active/14979&lang=es

SE ABRE UNA NUEVA ERA EN VENEZUELA
Salim Lamrani
Los pobres de la tierra.org
30 de marzo del 2007
La brillante victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006 reforzó la legitimidad del líder venezolano. Por primera vez en la historia del país, un presidente es elegido para un tercer mandato consecutivo con una aplastante mayoría. Después de una fase inicial de ocho años y resultados espectaculares en términos de lucha contra la pobreza, empieza una nueva etapa.
El 10 de enero de 2007, en el acto de su investidura para un nuevo mandato de seis años, Chávez anunció nuevas reformas económicas y sociales con el objetivo de distribuir las enormes riquezas de la nación y mejorar el nivel de vida de los habitantes. El presidente Chávez hizo partícipe de su voluntad de acelerar “la construcción de un nuevo sistema político [...], social [...], y económico” en Venezuela, denominado “el proyecto socialista bolivariano” [1].
El gobierno se lanzó a un proceso de nacionalización de algunas empresas eléctricas y de telecomunicaciones que se encuentran en una situación de monopolio. Las empresas privadas “Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela S.A.” (CANTV) y “Electricidad de Caracas”, dependientes en gran parte de capitales estadounidenses pasaron a ser controladas por el Estado que recobra así una parte de su soberanía económica [2].
“Cantv” controla actualmente el 83% del mercado Internet, el 70% del mercado de comunicaciones telefónicas nacionales y el 42% de las llamadas internacionales. Posee cerca de 3 millones de líneas y 100.000 teléfonos públicos. La empresa de telecomunicaciones, que se concentró en la parte centro-norte, abandonó algunas regiones del país poco rentables [3].
los ciudadanos venezolanos deberían sacar beneficio de esta nacionalización, que pondrá término a la inflación de los precios. Además, “el Estado va a invertir en zonas que no son rentables desde el punto de vista del mercado. Eso va a traer como consecuencia que todos los venezolanos, en un corto período, tengamos acceso a los servicios telefónicos”, enfatizó Jesse Chacón, ministro de Telecomunicaciones e Informática. Ahora, la calidad del servicio primará sobre la rentabilidad [4].
El anuncio de la nacionalización de la empresa fue acogido de manera positiva por los empleados de Cantv. Hubo varias manifestaciones de antiguos asalariados a favor de la intervención del Estado. En efecto, numerosos conflictos enfrentan a la junta directiva, que se niega a pagar ciertas prestaciones sociales, y los trabajadores. Cerca de 1.500 jubilados de la empresa fallecieron sin recibir las pensiones que se les debían [5].
“La nación debe recuperar la propiedad social sobre los medios estratégicos de producción”, declaró el presidente Chávez aludiendo a los sectores eléctrico, del agua y de las comunicaciones. Todo aquello que fue privatizado, nacionalícese”, agregó [6].
Tomando ejemplo de la empresa petrolera PDVSA, el Estado desea combinar servicio público y buena gestión. “Tenemos que cambiar los falsos paradigmas que se tenían, en donde el hombre estaba al servicio de la economía. Hoy la economía debe estar al servicio del hombre y del colectivo”, subrayó Alfredo Riera, presidente del Fondo Nacional de Garantías Recíprocas para la Pequeña y Mediana Empresa (Fompyme) [7].
El mercado de telecomunicaciones se abrirá ahora a pequeños operadores privados y permitirá reducir el costo de las estructuras. “Conjuntamente con ellos se desarrollarán políticas para la prestación del servicio a lo largo y ancho del país”, anunció Chacón [8].
El ministro de Telecomunicaciones e Informática se congratuló por la compra de la compañía. “Logramos la recuperación de Cantv en un proceso transparente y de bajo costo para la nación”, señaló. Declaró que la ética socialista será predominante en el funcionamiento de la nueva empresa y como consigna el servicio al ciudadano. “Este Gobierno ha dado la importancia debida a los sectores estratégicos de la vida del país y la Cantv será de todos los venezolanos”, concluyó. La universalización del acceso a Internet, sin barreras geográficas ni sociales, es uno de los primeros objetivos de Cantv [9].
La empresa “Electricidad de Caracas”, la entidad privada más grande del sector valorada en 900 millones de dólares, también fue nacionalizada. La multinacional estadounidense AES firmó un acuerdo con el gobierno venezolano cediendo el 82,14% de sus acciones. El ministro de Energía, Rafael Ramírez, insistió en la importancia y en el “interés estratégico y nacional de tener el control de todo el sector eléctrico”. El ministro también afirmó que se respetarán los intereses de los 100.000 venezolanos que poseen una participación del 13% en la empresa [10].
El vicepresidente de la República, Jorge Rodríguez, recordó por su parte que las privatizaciones de los años 1990 y 2000 no beneficiaron a la población. “Venezuela no escapóa la voracidad” del neoliberalismo que es responsable de la pobreza y la exclusión. En efecto, las riquezas que generaron las privatizaciones sólo beneficiaron a una elite que transfirió rápidamente sus capitales al extranjero y no contribuyeron al desarrollo del país [11].
Rodríguez también denunció el enorme encarecimiento de las tarifas a finales de los años 90 “que fueron de las más caras del mundo”. La mitad de los municipios “donde se agrupa el 40% por ciento de la población, un 75% de centros poblados no cuentan con telefonía pública”, deploró, agregando que “no hubo un desarrollo de la telefonía hacia el sur del país” [12].
Washington no pudo dejar de inmiscuirse otra vez en los asuntos internos de Venezuela. La secretaria de Estado Condoleezza Rice estigmatizó “la transición negativa” que toma Venezuela. Reiteró su voluntad de subvertir el orden establecido financiando a la oposición de la cual Estados Unidos “ha sido uno de los apoyos más firmes”. También recordó la enorme ayuda económica que aportaron a la organización “Súmate” cuyos dirigentes fueron procesados por espionaje y conspiración con una potencia extranjera. Rice enfatizó que el Departamento de Estado estaba elaborando un nuevo programa de financiación de los sindicatos venezolanos con el objetivo evidente de desencadenar huelgas y desestabilizar la economía del país [13].
John D. Negroponte, director de la Agencia Nacional de Inteligencia, tuvo palabras muy agresivas contra el presidente Chávez. Acusó al gobierno venezolano de aprovechar “su popularidad para debilitar a la oposición y eliminar cualquier control sobre su autoridad”, olvidándose de que la oposición, barrida durante las elecciones de diciembre de 2006, se desacreditó ante el pueblo con el golpe de Estado de abril de 2002, el sabotaje petrolero de diciembre de 2002 y su incapacidad para proponer un programa creíble a los electores. Negroponte también afirmó que “el mayor riesgo para la democracia está en Venezuela y Bolivia”, estigmatizando así a las dos naciones latinoamericanas que rechazan firmemente las políticas neoliberales y desarrollan programas sociales. Negroponte incluso llegó a lamentar, en una declaración surrealista, que el presidente bolivariano intentara “socavar la influencia de Estados Unidos [...] en Venezuela” [14].
Nicolás Maduro, ministro de Relaciones Exteriores, no tardó en reaccionar a las palabras de Negroponte. Según él, Venezuela no tiene ninguna lección que recibir de un funcionario implicado en el tráfico de drogas y armas que permitió financiar la guerra sucia contra Nicaragua y El Salvador en los años 80 y 90, “Negroponte es un delincuente que no tiene ninguna autoridad moral para hablar de Venezuela”, declaró Maduro. “Estamos defendiendo el derecho denuestros pueblos a vivir felizmente, en democracia y en paz. [Estados Unidos] debe acostumbrarse a esta nueva realidad” [15].
El presidente Chávez denunció los planes de Washington para derrocar a su gobierno. La ofensiva “viene con una fuerte carga económica”, advirtió en referencia a las palabras de George W. Bush, que desea dejar de depender de Venezuela en materia de energía petrolera. El líder bolivariano fue claro al respecto: “Si no quieren comprarle a Venezuela, que lo digan y no les vendemos más petróleo”. También criticó la gira de Bush por Latinoamérica, prevista entre el 8 y el 14 de marzo de 2007, cuyo objetivo es aislar a su país [16].
Venezuela encontró una manera original de responder a las declaraciones hostiles de Washington y a sus intentos probados de desestabilización. Desde 2005, Hugo Chávez ayuda a los pobres de Estados Unidos abandonados por la administración Bush, vendiéndoles combustible barato. Joseph Kennedy, ex congresista del Partido Republicano, agradeció a sus “buenos amigos de Venezuela” su solidaridad. Respondiendo a las críticas del republicano de la Florida, Connie Mack –que desea eliminar este programa que sume al gobierno estadounidense en un profundo compromiso–, Kennedy le propuso “promover una prohibición a todo el petróleo venezolano y no sólo a la pequeña cantidad [que se utiliza] para ayudar a los pobres a calentar su hogar” [17].
Agregó en su carta de respuesta: “Una vez que hayamos adoptado la Doctrina Mack y rehusado el petróleo proveniente de cada país que falle en satisfacer nuestros disciplinados estándares morales, estoy seguro de que usted disfrutará volviendo a pie a Washington, porque, ciertamente, no habrá combustible que le permita a usted volar hacia allá” [18].
Concluyó: “Me encantaría juntarme con usted para abordar la amenaza real para nuestro país, cuyo sistema es un tipo de socialismo para los ricos y el libre mercado para los pobres, un sistema que ha otorgado miles de millones de dólares a las empresas petroleras y sus ejecutivos” [19].
La población venezolana es la principal beneficiaria de estas nacionalizaciones. Ahora el servicio prevalece sobre la rentabilidad y las eventuales ganancias, en vez de ser expatriadas como se hacía antes, se reinvertirán y permitirán desarrollar el país. Contrariamente al resto de Latinoamérica, con algunas excepciones, los venezolanos tienen la suerte de contar con un presidente que sabe cumplir sus promesas.

Notas
[1] Casto Ocando, «Chávez proclama el ‘socialismo o muerte’», El Nuevo Herald, 11 de enero de 2007.
2] Fabiola Sánchez, «Gobierno negociará nacionalizaciones en Venezuela», Associated Press, 10 de enero de 2007.
[3] Agencia Bolivariana de Noticias, «Queremos que Cantv sea una empresa tan eficiente como Pdvsa», 11 de enero de 2007; Agencia Bolivariana de Noticias, «gobierno nacional dio primer paso hacia nacionalización de la Cantv», 12 de febrero de 2007.
[4] Fabiola Sánchez, «Descartan nacionalizar telecomunicaciones en Venezuela», Associated Press, 11 de enero de 2007.
[5] Erika Hernández, «cantv: icono de la privatización a la venezolana vuelve a manos del Estado», Agencia Bolivariana de Noticias, 12 de enero de 2007.
[6] Ibid
[7] Agencia Bolivariana de Noticias, «Nacionalización de Cantv demostrará eficiencia del Estado como gerente», 12 de enero de 2007.
[8] Agencia Bolivariana de Noticias, «Chacón se reunirá con Chávez para definir proceso de nacionalización de Cantv», 11 de enero de 2007.
[9] Agencia Bolivariana de Noticias, «Recuperación de Cantv fue proceso transparente y de bajo costo», 12 de febrero de 2007.
[10] Associated Press, «Chávez estataliza la Electricidad de Caracas», 9 de febrero de 2007.
[11] Agencia Bolivariana de Noticias, «Vicepresidente Rodríguez garantizó que habrá un mejor servicio telefónico», 12 de febrero de 2007.
[12] Ibid.
[13] El Nuevo Herald, «Rice dice que Chávez lleva a Venezuela hacia la destrucción», 8 de febrero de 2007.
[14] Néstor Ikeda, «Inteligencia de EEUU preocupada por Venezuela, Bolivia», Associated Press, 11 de enero de 2007.
[15] Agencia Bolivariana de Noticias, «Negroponte no tiene moral para hablar de Venezuela», 12 de enero de 2007.
[16] Agencia Bolivariana de Noticias, «Presidente denunció nuevo plan del imperialismo para atacar a Venezuela», 14 de febrero de 2007.
[17] Agencia Bolivariana de Noticias, «Ex congresista estadounidense defendió ayuda de Venezuela a pobres de EEUU», 13 de febrero de 2007.
[18] Ibid.
[19] David Brooks, «El envío de petróleo venezolano para los pobres en EEUU suscita un debate entre políticos», Rebelión, 15 de febrero de 2007.
El francés Salim Lamrani es investigador francés y está especializado en las relaciones de Cuba y Estados Unidos. Colabora habitualmente en Rebelión. Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión, Tlaxcala y Cubadebate. Este artículo se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor y la fuente. Revisado por Caty R.

Idiosincracia costarricense:
La isla que somos
Isaac Felipe Azofeifa
Costa Rica, 1909-1997
Los pobres de la tierra.org
¿1971?

El costarricense que viaja y el extranjero que nos visita, hacen la misma frase: "Esta es una isla en el mundo". Pero este país no es una isla, no una tierra en medio del mar, sino una nación, un país hecho de sustancia distinta de los demás que componen el mundo.

Por lo pronto, está situado en esa zona en que el Istmo centroamericano se adelgaza más y más descendiendo hacia la cintura del Continente donde el Canal de Panamá muestra su herida abierta. El nombre del país es paradojal, pues su vida tío está en las costas, que las tiene en ambos océanos. Y estas costas son las más pobres y abandonadas.

La vida de Costa Rica se concentra y se desarrolla en el encierro de un valle intermontano o Meseta Central, nombre con que está bautizado en las geografías escolares. Es un valle de apenas veinte kilómetros de ancho por sesenta de largo, mil metros de altura, circundado de cerros y volcanes, a cien kilómetros de cada una de las costas.

Más allá de esta Meseta existen llanuras extensas, bosques vírgenes, fértiles hondonadas, ríos caudalosos, lagunas ricas en pesca, y en la linde de los dos mares, playas para el ocio, y costas desoladas y bahías para contrabandistas, y tierras bajas, húmedas, rica presa del neocolonialismo de las compañías bananeras.

Más de la mitad de la población del país vive encerrado en el refugio amable de la Meseta. Cuando el costarricense habla de su tierra está pensando en la que va del volcán Irazú a los cerros del Aguacate; del volcán Poás a los cerros de Bustamante. Aquí, junto con la capital del país, a sólo 15 ó 20 kilómetros las demás, se agrupan las de cuatro provincias. Las tres restantes, periféricas, no cuentan. El costarricense las visita como turista y los políticos también. Pero es que hay razón: toda la historia del país durante tres siglos de coloniaje español y siglo y medio republicano se desenvuelven primero en el escenario de bosques, plantaciones de tabaco, campos de trigo, siembras de caña, y luego, desplazando aquellos cultivos, a partir del siglo XIX, todo ocurre sobre el fondo verde del cafetal, fundamento económico de la oligarquía de costumbres rurales, republicana, liberal, chata, miope y de vuelo corto que ha gobernado el país. Campesinos, en fin, con un miedo esencial a la aventura de las ideas y a la aventura del progreso. En la Meseta se equilibran, se atemperan y contrarrestan la humedad caliente de la zona atlántica y la sequía ardorosa del territorio abierto al Océano Pacífico. Así logra este valle un clima dulzón en que el barómetro marca todo el año los veintiún grados de permanente frescura primaveral; en el cielo durante seis meses exhiben las nubes una espectacular mise en scéne y otros seis se acomodan como compacto rebaño para el ordeño diario de la lluvia, y que es una lluvia con horario fijo. Pero la humedad hincha las maderas, enmohece cuanto se guarda, hace crecer hongos en todos los rincones, descompone y pudre velozmente la materia orgánica, hace germinar las semillas en los lugares más absurdos, y establece para el goce de la mirada y la calma de la sensibilidad, el color verde-azul del paisaje, que enerva y adormece como un aroma venenoso.

Desconfiado y astuto como un montañés; cortés pero tímido; trabajador sin constancia, buscando el provecho fácil de esfuerzo; campesino egoísta pero bondadoso, cazurro siempre, vive aquí un pueblo que no ha sido ni miserable ni inmensamente rico; ni guerrero ni sumiso; ni servil ni rebelde; ¡independiente sin guerra de independencia; liberado del coloniaje español por virtud de un oficio llegado de Guatemala día de octubre de 1821, en que se le hacía saber que desde el 15 de Setiembre... En suma, un pueblo sin sentido trágico de la existencia. Un pueblo sin héroes, y que si alcanza a tenerlos, los destruye o los olvida, que es otro modo de destruir. El conductor de la lucha victoriosa del año de 1856 contra los negreros sureños encabezados por William Walker, 1 el que salva a Centroamérica con su loca decisión de enfrentar los mercenarios un pueblo desarmado y sin experiencia guerrera, ese mismo acaba fusilado 2 apenas cuatro años después por comerciantes de la capital, alguno de ellos incluso pariente del ajusticiado. El líder de la lucha contra la tiranía de los dieciocho meses, de los hermanos Tinoco, Rogelio Fernández Güell, 3 asesinado por esbirros y no muerto por soldados, sólo tiene ofrecido a su memoria el nombre de una avenida, la Avenida Central de San José, que en la Guía de Teléfonos y en los avisos de los Ministerios de Gobierno aparece como Avenida Cero. El soldado adolescente 4 que muere bajo las balas del invasor norteamericano, cuando logra prender llama al mesón —cuartel del enemigo— apenas viene a ser una figura humana para animar fiestas escolares. El máximo héroe de nuestra cultura, Mauro Fernández, reformador de la enseñanza, enérgico propulsor de la escuela democrática, igualitaria, liberal, alcanza un día a tener un hermoso monumento que es destruido por las turbas y nunca se vuelve a levantar; por el contrario, su nombre azuza siempre el sentimiento de revancha de los católicos conservadores que han logrado sepultarlo en el olvido con la bovina aquiescencia del profesorado costarricense, católico, democrático y patriotero. Los creadores de nuestro Estado, Ramírez y Carrillo, 5 han sufrido también la pena de la desmemoria, de desacato valorativo, al que el hombre costarricense condena a sus grandes creadores, como si, incapaz de hombrearse por estimación de sí mismo, con las cimas humanas de su cultura, las condenara por oscuro rencor de una sociedad de medianías al purgatorio de los frustrados. Así es evidente que somos sin sentimiento heroico de la existencia. Un pueblo feliz, contento de vivir bobaliconamente el sainete sin hieles de su historia, anclado en el mar de verdura de su Meseta Central, como una isla.

Resulta entonces que somos un pueblo que sufre de pueril satisfacción de sí mismo. Su insularidad —hallazgo verbal de un joven escritor—, le pone a cubierto de deprimentes sentimientos de minusvalía. Por esto mismo tiene un goce ingenuo y generalmente un poco grosero, aldeano, del humor. No se hizo para él la cara trágica ni el discurso complejo de la vida, del mundo. Es optimista. Le gusta la anarquía, la informalidad, el desorden, que confunde con la libertad. Por esto le carga el orden, la disciplina, la jerarquía. Cuando aparece uno de esos caracteres que ordenan, disciplinan, jerarquizan, lo admira, pero no lo imita. Por esto mismo confunde todos los valores o mejor, no le preocupa carecer de una escala de estos. Todo lo contrario, la mejor actitud es negarlos, decapitarlos con el choteo, con la risa mostrenca del resentido, del desconfiado, del tímido, del oscuro vengador de su propia incapacidad de grandeza. Por esto viene a ser su humor, broma pueril y burda o choteo. Ambas se juntan en aquel acto universitario de unos jóvenes introduciendo un caballo en la sala de clases, o haciendo explotar petardos en el local de la Facultad.

Como ni la historia de su cultura, ni su educación como sistema de propósitos le ofrece una valiosa imagen de sí mismo como hombre o como nación, carece de impulsos y de metas; de ambiciones a las cuales aplicar su voluntad. Todo lo contrario, no le importa tener poco, hacer a medias lo que se propuso, con tal de ahorrar esfuerzos. Bien está la abundancia, la riqueza, si la buena suerte ayuda, nunca con el sacrificio de los buenos ratos de ocio, nunca corriendo sin aliento en busca de las cosas. El europeo que vemos amasando una fortuna habiendo llegado al país "en alpargatas", "con una mano delante y otra atrás", —según la realista expresión de nuestro pueblo— no mueve a envidia a nadie, ni a emulación. ¿Crear riqueza, levantar con enormes esfuerzos una empresa productiva, sacrificando horas de sueño, de ocio, de diversión, de charla, de comida? Sólo pensar que nuestro empeño ha de servir mejor a nuestros descendientes que a nosotros mismos, nos desalienta, nos quita el ánimo. Buscamos el éxito rápido, seguro, pero sin esfuerzo, aunque nuestro provecho sea limitado: tenemos sicología de pulperos, se ha dicho. Pero el pulpero es generalmente también un campesino con santo horror ingrato trabajo de la tierra.

Lo que nos duele de todo esto es la cantidad de vida (humana creadora, sensible, abierta al don de ser y crecer, digna de mejor destino, que se pierde en un país al cual, como a este, le brotó el narcisismo idiota, la autocontemplación vacía, ya en los tempranos días de la independencia. Apenas habían asado veinte años de este suceso y ya un extranjero, 6 en periódico satírico de la época, se burla de la opinión vanidosa que tiene de sí mismo este país: único en el mundo —se dice— por sus bellas mujeres, su excelente clima, su riqueza bien distribuida, su paz arcádica. Pero si en algún momento antes esta insularidad y este narcisismo fueron útiles, significaron algo, ahora, al cumplirse los primeros ciento cincuenta años de autonomía política, (inminente ya un gran cambio en el mundo, determinado por el sentido solidario de la conducta humana y el reencuentro de sí mismo en la comunidad en la cual el hombre participa), estará bien que consideremos algunos de los datos más visibles en el haber y el debe del capital con que nuestra nacionalidad va a asociarse a la gran empresa de nuestro tiempo.

En el fondo, el resorte anímico más evidente de esta conducta, del carácter que venimos describiendo, es la insolidaridad, el egoísmo, la mutilación del sentido social de la existencia. El origen de este persistente rasgo está lejos en el tiempo, pero es claro. Los que han perseguido su estudio, todos, citan una y otra vez las frases desoladas de los gobernadores de esta Provincia de la Corona española: "Esta provincia está apartada de todo el comercio de vuestros reinos, y así se crían por estos montes sin ver otras gentes ni comunicarlos". (Informe del gobernador Chaves y Mendoza al Rey. 26 de abril de 1648). En 1719, la capital de la provincia, Cartago, con todo y su escudo de armas y su título regio de "Muy noble y leal ciudad", sólo alcanza a ser para el gobernador don Diego de la Haya Fernández 7 el más lamentable sitio del mundo americano: "En medio de las pocas casas con que se halla esta ciudad, son muchos menos los vecino que la habitan por tener sus haciendas en el campo en los contornos de ella, en las que ordinariamente residen por la suma pobreza del país, pues pasan de trescientas familias las que están en los campos, en casas de paja... y solamente vienen a la ciudad en los días festivos a oír misa siendo cierto que en los demás días apenas se hallan diez o doce hombres . . . La moneda corriente es el grano de cacao, sin que se conozca el real de plata en lo presente en toda ella, ni haberse podido descubrir de donde tuvo derivación el título de Costa Rica siendo tan sumamente pobre . . . razón porque cada vecino es preciso haya de sembrar y criar lo que ha de consumir y gastar en su casa al año, habiendo de ejecutar esto mismo el gobernador, porque de lo contrario pereciera . . ." Veinte años después, un nuevo gobernador agrega otros datos a este cuadro de miseria: "No hay escuela de niños, las calles están indignas, desempedradas, los vagabundos abundan, la ociosidad crece, la unión de los pobres para sus sementeras, para que el trabajo les sea más tolerable, no se excita, los ríos no tienen puentes. . ." Todavía en 1803, y en 1809, el gobernador Tomás de Acosta 8 nos revela que prevalece la situación denunciada desde 1684. —¡Un siglo y medio en que no ha pasado nada!—: ". . . de lo dicho se deduce que así por la pobreza de esta provincia como por su ningún comercio . . . no se hacen ni pueden hacerse abundantes siembras de los frutos de que es susceptible, porque el labrador, el artesano, el comerciante, el noble y el plebeyo, todos hacen sementera de lo que han menester para el sustento de sus familias". En una palabra, aislamiento del país, extrema pobreza generalizada, que elimina los estamentos sociales; aislamiento de todos entre sí, metidos cada uno en su hacienda, en su casa, en miseria; y en consecuencia, abandono de todo interés por la vida colectiva, en comunidad: ni escuelas, ni calles, ni estímulos al trabajo individual ni menos al colectivo, ni interés por la suerte de la ciudad, del grupo. Nada más allá de mi casa, mi hacienda, mi familia.

Si ya es síntoma grave que en 1648 se describa una sociedad paupérrima, es catastrófico que en 1809 la situación sea la misma, si se considera que tal cosa ocurre en el mismo momento en que las colonias españolas están conmoviéndose por el ascenso de la nueva clase, los criollos, ricos y poderosos, prontos a sacudir el pesado yugo de servidumbre económica a que los tiene sometidos la Madre España. Ah, pero es que en todas partes de América había encontrado el español lo que buscaba: minas para explotar, indios para trabajarlas. En nuestro miserable país, en cambio, nobles y plebeyos, —se lamentan los gobernadores—, acabaron por dedicarse a trabajar todos la tierra, y se volvieron labradores los señores. Hasta el burócrata gobernador se ve obligado a "criar y sembrar lo que había de gastar y consumir todo el año, pues de lo contrario pereciera". En una palabra, aquí la evolución identifico a todos en el mismo nivel de miseria. Miseria material, que acarrea la miseria cultural. Posiblemente lo que diferenciaba a algunos de todos los demás era su rango burocrático. Y quizá de aquí deriva el prestigio que esta ocupación estéril gana entre los costarricenses. ¡La estampa de perdonavidas que exhiben hogaño algunos de nuestros burócratas! Pero de ahí también la indiferencia, la desconfianza de nuestro pueblo hacia el valor de los estamentos militares, y su poquísimo respeto y frío reconocimiento de las jerarquías sociales. Mas, también, sobre todo, su insolidaridad, su utilitarismo egoísta, sus hábitos de pobre con su orgullo de pobre pero sin amos. Ni la costumbre del boato, ni la insolencia nobiliaria del español, ni el ánimo guerrero u opresivo contra el indio, ni la condición humillante de las masas esclavizadas, aunque sí hubo como era usual en la época, servicio de esclavos indios y negros hasta bien entrado el siglo XIX. No pudo establecer la gran tradición religiosa, política, cultural, a la española, con ostentación de borlas y vestiduras, de grados y prebendas, de las catedrales barrocas, de los salones coloniales, de la universidad medieval, vivientes en virreinos y capitanías generales esparcidos por América, a veces más pretensiosos que la misma Corte española. Y con todo esto, desapareció también el espectáculo colectivo del baile y la canción popular tradicionales.

En tal estado de miseria material y cultural nos cayó como del cielo por lo inesperada, la independencia. Durante sus buenos quince años lucharon las familias aristocratizantes de la vieja capital colonial, Cartago, y su hija menor, Heredia, por defender el magro legado feudal de la Colonia, frente a la reciente pujanza económica y el claro sentimiento republicano de San José y Alajuela. Pero no les fue fácil a los republicanos lograr establecer la autonomía del nuevo Estado libre de Costa Rica. Mora Fernández, 9 lo mismo que Ramírez en su breve pero enérgico paso por el poder, y más lejos Carrillo se vieron obligados a menudo a tomar decisiones drásticas para imponer la autoridad central sobre el grupo de los que deseaban detener la historia, muchas disposiciones contra los sediciosos, —a veces se emplea el término de traidores—, y penas de muerte aplicadas perentoriamente, nos muestran que aunque el país no vivió la violencia sangrienta de las luchas por la independencia, para consolidar este bien sí tuvieron los primeros gobernantes que actuar en concordancia con el estado de revolución que se vivía. La necesidad de afirmar el cambio de las estructuras políticas imponía severas medidas. Claro que el método más comúnmente puesto en práctica por los próceres fieles al régimen caído era el de la intriga y el cabildeo. La intriga y el cabildeo, mas no el enfrentamiento claro de doctrinas, sigue siendo costumbre inveterada del costarricense. Y porque así nos gusta, pasamos por alto que aquel fue período de violencia revolucionaria. Todo cambio requiere medidas heroicas. No le tembló la mano al bondadoso y civil Juan Mora Fernández para firmar la sentencia de muerte contra el sedicioso realista español Zamora, ni a Gregorio José Ramírez durante su dictadura relámpago de diez días, ni a Braulio Carrillo, durante su enérgica administración, para suscribir penas de confinamiento y deportación contra los enemigos de la independencia del nuevo Estado. Aquí también se polarizó la lucha entre patriotas y realistas o imperialistas; pero la lucha, en fin de cuentas, fue incruenta. Los intereses económicos y de clase, sí existían, pero el grupo de los conservadores era débil, y si obtenía éxitos en la triquiñuela política alguna vez, salía siempre derrotado cuando tenía que enfrentarse a las armas y la decisión de los líderes liberales.

En realidad, las actitudes de unos y otros, eran más bien atizadas y puestas al rojo por influencias foráneas. Los viejos costarricenses no sentían arder las pasiones feroces que mantenían en estado de anarquía permanente a los demás países. Por esto las batallas campales terminaban las más de las veces en sainetes. También por esto, desde el principio, todos aquellos hombres, formados en el pensamiento de la Ilustración, agitaban sólo una mágica palabra: las luces, el conocimiento racional. No se había terminado todavía el año 21, y ya estaba listo el que con riguroso lenguaje del siglo XVIII se llama Pacto social fundamental interino de Costa Rica, también llamado de significativo modo, Pacto de Concordia. Los corazones juntos, aunque las ideas sean distintas. Y luego, inmediatamente, a fundar escuelas. La situación en que el nuevo estado democrático hallaba la cultura del pueblo, requería cuidados urgentes. Un licenciado elocuente, culto, intrigante, republicano, indeciso, ambicioso y hábil político, nicaragüense por más señas, 10 parece que hizo por esas fechas un juicio amargo sobre el estado de cultura en que los próceres iban afrontar las responsabilidades de la independencia. "El costarricense es ignorante por costumbre". En la joven ciudad de Alajuela apenas había seis personas que supieran leer. El nuevo régimen requería el rápido establecimiento de escuelas. Y así fue como este país vio asociarse milagrosa y dramáticamente, a la idea democrática, y al sentimiento de la libertad, la doctrina de la educación para todos. No arrastraba el país el fardo y fárrago de una tradición cultural asociada al dominio de una clase. La escuela fue de esta manera pensada de una vez como escuela de todos, para todos, sin distinciones, sin discriminaciones por razón del nacimiento o la fortuna. De aquí parte la forja de nuestra democracia en la sala de clases. Apenas empieza a ejercer el poder el primer Jefe de Estado, y ya está ahí el proyecto de establecer casas de enseñanza en todos los municipios; escribe: "En vano se decreta la libertad de los pueblos, la libertad de los individuos, la responsabilidad de los funcionarios, la división de los poderes, la igualdad, propiedad y seguridad. En vano se establece el Cuerpo Legislativo, si no se crían ciudadanos hábiles para el caso; ni Corte de Justicia, ni Poder Ejecutivo, si no hay individuos de qué componerlos y si en la masa de los pueblos de cuyas opiniones depende el acierto de aquellos, no se riega anticipadamente la semilla de las luces, que las han de producir". Y así echa a andar por la historia un nuevo Estado en el mundo. Bajo el signo de progreso de la escuela, que pronto será declarada común, gratuita y obligatoria en su nivel primario o elemental. Pobre pero libre; aislado, pero dispuesto a ganar su relación con las riquezas del mundo manejando un producto milagrosamente aparecido con la independencia: el café; ignorante, en fin, pero con la voluntad de levantarse como empresa cultural moderna, en nombre del pueblo.

Durante esta primera mitad del siglo XIX, tan decisiva para el destino de nuestra historia, va a nacer y va a llegar a determinar las características esenciales de nuestra cultura y nuestra política una oligarquía agraria mercantil, una especie de burguesía rural imbuida primero del racionalismo dieciochesco y luego del positivismo y utilitarismo del siglo XIX. Hay que imaginarse a aquellos políticos de la primera mitad piel siglo pasado en un trabajo como este: hacer o escuchar largos raciocinios o fogosos discursos en que se expone por todo lo largo la filosofía política del momento; leer los más recientes acuerdos del gobierno federal; 11 o leer los tratados políticos de los franceses, de los ingleses, de algún español, sobre las formas de gobierno y sus diferencias; o comentar las noticias que llegan de los demás países americanos, que mezclan nombres de generales rebeldes, presidentes depuestos, traidores ejecutados... En la sobria sala del Ayuntamiento empieza luego la labor de legislar para un país sin tradición intelectual ninguna. Están empezando a crearla. Todo en frío, en abstracto. Sólo la resistencia de algunos curas a aceptar los nuevos principios; o la actitud recalcitrante de algunos aristócratas de Cartago, levanta obstáculos doctrinarios prontamente abatidos. Es tiempo de definición de principios. A propósito de cada suceso, problema, obstáculo o duda, se esgrime una larga y especiosa argumentación doctrinaria. Los que gobiernan aplican un extraordinario poder de intuición política, pero también mantienen bien afinados los cauces lógicos de pensamiento. Por el origen de su cultura en el siglo XVIII y por la naturaleza de las actividades económicas a que viven entregados, esta burguesía naciente trae consigo una actitud eminentemente racionalista; su lengua es conceptual, y su estilo de gobierno estrictamente legalista. De este principio viene el estilo memorialesco de nuestra cultura, su formalismo jurídico y nuestra expresión hasta hoy en manos de abogados, leguleyos y sofistas. Recordemos, a propósito, que de la vieja Universidad de Santo Tomás, al cabo sobrevivió solamente la Facultad de Leyes junto a la Escuela de Farmacia. El farmacéutico es la primera instancia médica en nuestros pueblos. Pero es la presencia del licenciado en leyes y no la del general, en nuestra historia, la que forja un país profundamente respetuoso de la ley y del poder civil. Y por encima de todo, está la importancia que para gobernantes y gobernados adquiere la educación, la escuela, que evoluciona dentro de ese mismo carácter, —escolástico y formal— hasta hoy.

A fines del siglo XIX, una generación joven, de ideología liberal, rigurosamente laica, irrumpe en nuestra historia, resuelta a modernizar el Estado, que arrastraba muchas vejeces coloniales. Mientras otros trabajan en distintos campos, el reformador liberal de nuestra enseñanza, don Mauro Fernández, planeará sustituir de cuajo la decrépita Universidad de Santo Tomás, por otra, dentro de la modernidad de un Instituto Politécnico. Era el momento mayor del positivismo, y don Mauro leía a Spencer, Stuart Mill, Comte. También es el momento de mayor despliegue de la poderosa oligarquía cafetalera. La misma que construye un monumento a su propia grandeza en el fastuoso edificio del Teatro Nacional: bronces, mármoles, terciopelos, espejos rococó de candelabros y pinturas, en medio de una aldea chata, de misérrimo aspecto, polvorienta, que es la San José de fines de siglo. Esa misma miope oligarquía asentada sobre el oro verde de sus cafetales, cuyos hijos podían darse el gusto de hacer sus carreras en las universidades europeas, se olvidó de la de Santo Tomás, y de la de don Mauro. Y así fue como durante cincuenta y tantos años en esta historiada democracia el hijo del pueblo apenas tuvo la posibilidad de asistir a una escuela primaria generalizada, ciertamente democrática y a un liceo que sólo abría camino a estudios universitarios que le estaban vedados por su misma pobreza. La insistencia de la clase dominante en mantener un ambiente de sencillez y trato campechano, oculta al mismo tiempo una actitud de profunda desconfianza de las ideas foráneas. Se atiene a sus propios prejuicios, costumbres, modo de sentir y pensar, dentro de un contexto socio-cultural de inmovilismo que se aprecia en nuestra historia política llena de vacía retórica y fórmulas recurrentes. Lo mismo se aprecia en la literatura y el arte, generalmente adocenados, —aunque con débiles y generalmente frustrados intentos de romper esa losa de prejuicios—, que se hace hasta en derredor de 1940.

Así se instala una moral terriblemente alienadora, que ha llegado a generar en el costarricense medio la búsqueda loca de seguridad a toda costa y el miedo cerval a todo cambio. Esta es la historia de todos los días. El joven, —sea político o artista— rebelde, original, ansioso de lo nuevo si es justo y necesario, tiene dos vías abiertas: o se instala pronto y cómodamente en el régimen, o se aísla, rechazado por el régimen. Se dice que en esta Arcadia, a nadie se le corta la cabeza: con bajarle el piso 12 basta. El régimen compra barato al político en cierne con un puesto de gerente, una diputación, una embajada, o lo somete al más severo de los ostracismos si insiste en su actitud inusitada de rebeldía e inconformidad. Los maestros y profesores son por lo general las más obsecuentes víctimas de tal estado de cosas. Trabajar en una empresa y soñar con la imposible gerencia es el máximo objetivo vital de nuestros jóvenes con buenas disposiciones intelectuales. Incluso, se ve usado este señuelo en la propaganda de algunas empresas.

Una etapa nueva de la cultura costarricense se abre cuando la vieja universidad de Santo Tomás vendría a cumplir un siglo. En 1942 se hace realidad en cierta forma el sueño de don Mauro: una universidad moderna surge de las cenizas de aquella. Ha perdido la advocación al Santo y ahora es solamente de Costa Rica. Y en seguida, los problemas se precipitan vertiginosamente, como en todo el mundo de esta segunda mitad del siglo XX. La población crece con ritmo trepidante en el Continente americano. Aumenta sin cesar la población joven de nuestro país. La escuela primaria y secundaria, lo mismo que la universidad, no alcanzan de ningún modo a llenar las perentorias necesidades de la educación. Con la derogatoria de las leyes llamadas liberales, que mantenían la escuela primaria y la enseñanza media bajo control del Estado, crece la enseñanza privada. La industria y el comercio en agudo desarrollo, generan una nueva clase gerencial, ambiciosa, sin principios, sin escrúpulos, dirigida sólo por la moral utilitaria. La educación privada en manos de religiosos tiende a fijar jerarquías económico-sociales. La nueva burguesía empresarial adopta un estilo ultra-conservador, apenas moderado por su moral pro-americana y liberaloide. Las contradicciones de la nueva situación del país generan desempleo, miseria, desnutrición, analfabetismo, aguda crisis habitacional, inflación, carestía, delincuencia. Desaparece la antigua fisonomía de nuestras ciudades, en las cuales veíamos en otro tiempo, al lado de la casita del obrero, del pequeño comerciante, del maestro, la casona, sobria y acogedora, del gamonal, del hombre de empresa, del profesional de fortuna. Ahora, crecen los barrios residenciales, exclusivos, se elevan los grandes edificios de bancos, tiendas, oficinas de monopolios privados, y se construyen en los suburbios las ciudades-satélite o "ciudadelas", complejos habitacionales para una clase media baja de burócratas mal pagados, maestros y obreros, y los barrios pobres son cada vez más ruinosos, y se ocultan por caminos imposibles hacinamientos miserables de los tugurios y los ranchos campesinos. Los partidos políticos tradicionales, cuya diferencia no está en la doctrina sino en el hombre y el grupo que les hace rueda, —"argolla" se llama a esto en el dialecto político costarricense—, se muestran incapaces para encarar los nuevos problemas. Recientemente, un ciudadano ha hecho caudal político con el demagógico grito de lucha contra la miseria extrema, y la masa campesina miserable y la urbana paupérrima han corrido a darle su apoyo. La masa, el pueblo, sin conciencia de sus problemas lo sigue esperando todo de la providencia encarnada en el político de turno, sin apenas idea de su situación de víctima dentro de una sociedad capitalista que administra el orden y la tranquilidad en beneficio de quien posee el poder económico. Todos los medios publicitarios sirven a esos intereses.

En la universidad, tímidamente, se desenvuelve ya un pensamiento crítico de esa situación político-social explosiva cuyas consecuencias se adivinan. Pero a veces, los mismos medios de comunicación al servicio del sistema imperante, intuyen el peligro. Uno de los periódicos más influyentes en la opinión pública, acaba de decir en su página editorial unas cosas significativas: "...Y son pocos los que protestan. Quizá, piensan algunos, en estos casos no se desquicia el régimen democrático. Al contrario, se fortalece. Quizá, opinan otros, la muerte de la democracia y el germen de la violencia provienen de fuera, nunca de dentro. De acuerdo con este modo de sentir y de opinar se creerá que los enemigos de la democracia son solo los extremistas, no los falsos apóstoles de la democracia, aunque estos creen poseer patente de corso". El editorial se produjo a raíz de una resolución arbitraria de los políticos de la Asamblea Legislativa.

Las voces de alerta, los gritos de protesta, ciertamente inorgánicos y débiles todavía, no inquietan a nadie. El costarricense de hoy como el de ayer, se asoma al mundo por la ventana apenas entreabierta de los medios de comunicación sometidos a los intereses de poderosos anunciantes. Como en ellos se le trasmite una imagen a la medida de lo que el Gran Jefe le interesa que se conozca en este mundo de tercera clase y como ha sido educado para sentir que vive en un país sin problemas, que hay que mantener aislado de la locura del mundo, nuestro hombre sigue durmiendo tranquilo el sueño de sentirse inmune al desconcierto del siglo, gozando del aire fresco, —"aire acondicionado", dicen las guías de turismo—, de esta isla fantasmal que es nuestra Meseta.

Notas:
1. William Walker (1824-1860), filibustero norteamericano que después de haberse apoderado de algunos territorios mexicanos y de haberlos convertido en repúblicas, pretendió conquistar Centroamérica. En 1856-1857 fuerzas centroamericanas frustraron sus intentos de convertir estas tierras en territorios esclavistas. Fue fusilado el 12 de setiembre de 1860, en Honduras.

2. Se refiere al Presidente Juan Rafael Mora Porras, fusilado el 30 de setiembre de 1860, en Puntarenas.

3. Rogelio Fernández Güell (1868-1918). Periodista que combatió el régimen de los Tinoco contra el cual encabezó un movimiento revolucionario improvisado por su idealismo, que fracasó. Fue asesinado en 1918.

4. Soldado adolescente: Juan Santamaría, el héroe epónimo de Costa Rica. Era el tamborcillo del ejército costarricense que combatía al filibustero William Walker. En la batalla del 11 de abril de 1856 incendió el edificio donde se encontraban las fuerzas filibusteras y gana con el sacrificio de su vida los laureles de héroe nacional. Al ofrecerse como voluntario para la hazaña dijo: "Yo iré, pero les encargo que no se olviden de mi madre". (Relato de José María Bonilla. Costa Rica Ilustrada, 15 de mayo de 1891; reproducido en Dobles Segreda, Luis. El libro del héroe. (San José Costa Rica: Imprenta Lehmann, 1926), p. 95. En Alajuela, su ciudad natal, se le levantó en 1891 un monumento que se considera como una especie de santuario del patriotismo costarricense.

5. Ramírez y Carrillo.

Gregorio José Ramírez (1796-1823). Exponente de la causa liberal y republicana que estructuró el Estado de Costa Rica en 1821. En su calidad de Representante por Alajuela suscribió el Pacto de Concordia. Luchó contra las ideas imperialistas de clase y porque se respetaran los deseos del pueblo a participar libremente en la política. En 1823 se vio improvisado jefe militar. A su nombre "hasta el indio pusilánime se había hecho un feroz guerrero" —declaró Santos Lombardo—. Vencedor de la batalla de Ochomogo; a causa de este triunfo, se traslada la capital a San José. Durante diez días ejerció el mando con drasticidad mientras los Ayuntamientos y las Asambleas populares reorganizaban al Estado. Enseñó el respeto que se debe a la opinión pública y a las instituciones garantes del orden y de la libertad. Fue desinteresado y gran patriota. Se le conoce como el "Restaurador de nuestra Independencia". Fue declarado Benemérito de la Patria en setiembre de 1971. (Ver Pérez Zeledón, Pedro. Gregorio José Ramírez), San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica.

Braulio Carrillo (1800-1845). Hombre enérgico y dinámico. Había estudiado leyes. Jefe de Estado de 1835 a 1842. Verdaderas transformaciones se produjeron en esta época. Como estadista estructuró el Estado costarricense y logró la unidad nacional y sacar a Costa Rica de la anarquía y de la desarticulación. En 1838 declaró que "Costa Rica asumía la plenitud de su soberanía y formaba un Estado libre e independiente". En 1841 dio un paso torpe: se declaró Jefe vitalicio y, en 1842, fue derrocado. Murió asesinado en 1845, en El Salvador. Fue declarado Benemérito de la Patria en 1971. (Véase Francisco M. Iglesias, Braulio Carrillo; Tributo patrio. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1971).

6. Se refiere a Adolphe Marie, periodista francés que radicó en nuestro país entre 1848 a 1856. Fundador del primer hebdomadario satírico costarricense, El Guerrillero (1850), desde el cual, con espíritu volteriano critica no sólo a la sociedad y costumbres costarricenses sino que, también, las intenciones federales, la anarquía, la violencia, la dictadura y robustece el naciente sentimiento de nacionalismo. Después redactó La Gaceta Oficial, El Eco de Irazú y otros periódicos. Fue colaborador íntimo del presidente Juan Rafael Mora, a quien sirvió como subsecretario de Relaciones Exteriores y enviado especial ante las cortes de Inglaterra y Francia en 1855. Murió en mayo de 1856, al servicio de las tropas costarricenses que luchaban contra William Walker. (Ver Jeannette Bernard Villar. Adolphe Marie, un periodista francés en Costa Rica; 1848-1856. Tesis presentada a la Universidad de Costa Rica para obtener el diploma de Licenciada en literatura y civilización francesa, 1971).

7. Diego de la Haya Fernández (1675-¿1739?)- Gobernó a Costa Rica de 1718 a 1727. De gran cultura y espíritu progresista e ilustrado. (Ver Chacón de Umaña, Luz Alba. Don Diego de la Haya Fernández. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1967).

8. Don Tomás de Acosta (1774-1821). Fue uno de los gobernadores de Costa Rica más progresistas. (1796-1810). Auténtico ilustrado. Se le tiene como el verdadero introductor del café en Costa Rica, un cantón de la provincia de San José fue bautizado en su honor. (Ver Estrada M., Ligia M. La Costa Rica de don Tomás de Acosta. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1966).

9. Juan Mora Fernández (1784-1852). Primer Jefe de Estado, de 1824-1833. Se distinguió por su tono patriarcal, comprensivo, inteligente, bondadoso y al mismo tiempo enérgico. Se preocupó por la enseñanza y en hacer progresar a Costa Rica en todo sen¬tido. Durante su segunda administración llegó al país la primera imprenta y se publicó el primer periódico costarricense llamado Noticioso Universal.

10. Se refiere al bachiller Rafael Francisco Osejo, primer rector de la Casa de Enseñanza Santo Tomás. Primer profesor de filosofía en Costa Rica. El liberalismo costarricense surgió con Osejo como abanderado. Autor de las primeras obras didácticas escritas en nuestro país. (Ver Zelaya G., Chester, El bachiller don Rafael Francisco Osejo. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1971). Y, Láscaris C, Constantino. Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica. (San José, Costa Rica. Editorial Costa Rica, 1964), pp. 50-58.

11. Costa Rica estuvo incorporada a la República Federal de Centroamérica, de 1824 a 1838. (Ver Facio, Rodrigo. La Federación de Centroamérica; sus antecedentes, su vida y su disolución. San José, Costa Rica: ESAPAC, 1957).

12. Expresión acuñada por la novelista Yolanda Oreamuno, para designar el espíritu mediocratizante del intelectual costarricense. (Ver Oreamuno, Yolanda. A lo largo del corto camino. San José, Costa Rica: Editorial Costa Rica, 1961), p. 19.

(Notas de Luis Ferrero, 1971).

Comentarios

Comentarios(2) »

  1. Gracias, lo estaba buscando para un trabajo

    emule | 04-04-2008 - 12:02:42 GMT 1 #

  2. nawara de largooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

    noleonada | 02-06-2009 - 03:14:02 GMT 1 #

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